El Obispo y los sacerdotes de la Diócesis de
Cartagena lamentan profundamente la noticia de la muerte del presbítero D.
Ricardo Muñoz Juárez, sacerdote castrense jubilado, colaborador de la Iglesia de
la Caridad de la ciudad departamental.
Las circunstancias que envuelven a este
fallecimiento, a unas pocas horas del descubrimiento de su cadáver, hacen más
dolorosa y trágica si cabe esta noticia.
A la espera de que se sigan las diligencias
oportunas por los cuerpos de Seguridad de Estado, el Sr. Obispo desea que pronto
se puedan esclarecer los hechos y las causas de la muerte de D. Ricardo, que ha
supuesto una gran convulsión en toda la diócesis, y de un modo especial en la
ciudad de Cartagena, donde era conocido y querido por muchos.
Entretanto, pide a los sacerdotes, religiosos y fieles que encomienden su alma a
Nuestro Señor y fortalezca la fe de sus familiares.
Un desenlace negro como la sotana a la que nunca renunció, por mucho que
cambiaran los tiempos. Eso es lo que le deparaba la vida, al menos la vida
terrenal que como buen pastor católico él veía como un tránsito a la vida
eterna, a don Ricardo. A Ricardo Muñoz Juárez, uno de los pocos sacerdotes
que a sus 82 años aún conservaba la vestimenta de los curas de misa en latín
y cuyo cadáver fue encontrado ayer por el sacristán de la Iglesia de la
Caridad de Cartagena unas horas después de que dos personas encapuchadas,
tal vez de su entorno, asaltaron su casa y le causaron la muerte en un
suceso cuya cadena de fatales coincidencias hacen más dura la tragedia.
La hipótesis del robo perpetrado por personas cercanas a la víctima era
anoche, al cierre de esta edición, la principal hipótesis que maneja la
Policía, a tenor sobre todo del testimonio de Milagros, la hermana de la
víctima, con el que vivía en un piso de la cuarta planta del número 31 de la
calle Mayor.
Así, según dijo a los periodistas el párroco de San Diego, Joaquín Ferrando,
la mujer afirmó que los individuos entraron en la casa, y «se llevaron» a su
hermano al comedor. Ella, de avanzada edad e impedida, no pudo hacer nada
por evitarlo.
Según la información recabada por 'La Verdad' en fuentes de la
investigación, en el momento del hallazgo la víctima (natural de la pedanía
murciana de El Raal) podía llevar muerta ya veinticuatro horas. Habría sido
asaltada poco después de las once de la mañana del jueves, después de
oficiar su misa diaria en el templo de la patrona de la ciudad. En
circunstancias no aclaradas, dos personas entraron en la casa. Para evitar
complicaciones, en una habitación a la hermana la amarraron con una cuerda y
la taparon con una manta.
Después, sacaron por un pasillo hasta el comedor al sacerdote, quien en
apariencia se resistió al robo de una cantidad de dinero que no ha
trascendido. Don Ricardo, párroco de la iglesia castrense de Santo Domingo
ya jubilado pero que colaboraba con el templo de la Caridad, pudo recibir
uno o varios golpes tal vez con un objeto contundente; o bien le empujaron y
tropezó (en medios de la investigación se habla de muebles y cajas), cayó al
suelo y se golpeó en la cabeza. En el suelo, los agentes hallaron restos de
sangre.
Tal vez el golpe no fue mortal de necesidad, y el anciano pudo haberse
salvado, pero la mala fortuna se alió en su contra. La hermana, que según
las fuentes consultadas se maneja por la casa con un andador, pudo liberarse
y salir del cuarto.
«¡Socorro, socorro!», comenzó a gritar, con el hombre tendido boca arriba en
el suelo del comedor. Chilló y chilló durante veinticuatro largas y
agotadoras horas. Pero, a pesar del constante trasiego de personas en el
céntrico edificio, nadie la escuchó. Sólo su hermana y ellos vivían en un
bloque que la mayor parte del día tiene sus puertas abiertas pero que está
dedicado a oficinas sin un alma dentro cuando llega la noche: bufetes de
abogados, una emisora de radio... Para colmo, Ricardo y Milagros no usaban
teléfono fijo. Ni tampoco móvil.
Todo estaba revuelto cuando, a media mañana, el sacristán entró en el
inmueble. Extrañado por la insólita ausencia de un cura que jamás faltaba a
la eucaristía de las diez, fue a su domicilio. Allí, escuchó al fin a la
angustiada superviviente. «¡Ay, mi Ricardo! ¡Ay mi Ricardo!», sollozaba. Los
bomberos tuvieron que tirar abajo la puerta. Y médicos del 061 atendieron en
la vivienda a la mujer antes de la llegada del juez de guardia y los
forenses.
Dos detalles que llevan a la Policía Nacional a centrarse en conocidos del
sacerdote son que en la puerta se quedó media llave rota, por lo que tal vez
tenía una copia de la original; y que por su condición religiosa, la víctima
tenía relación con personas necesitadas, que pudieron ver en su avanzada
edad y su peculiar forma de vida un objetivo fácil.
¿Quiénes entraron en la casa ocultos con capuchas? Tal vez pronto se sepa.
Los 'sabuesos' de la Comisaría siguen ya una pista: la hermana creyó intuir
en los ojos de un ladrón los rasgos de una mujer.