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NOTICIAS DE LA PARROQUIA |
19/junio/2011 - Homilía del Papa en Pentecostés
Queridos
hermanos y hermanas,
Celebramos hoy la gran solemnidad de Pentecostés. Si, en un cierto sentido,
todas las solemnidades litúrgicas de la Iglesia son grandes, esta de Pentecostés
lo es de una forma singular, porque marca, llegado al quincuagésimo día, el
cumplimiento del acontecimiento de la Pascua, de la muerte y resurrección del
Señor Jesús a través del don del Espíritu del Resucitado. La Iglesia nos ha
preparado en los días pasados para Pentecostés con su oración, con la invocación
repetida e intensa a Dios para obtener una renovada efusión del Espíritu Santo
sobre nosotros. La Iglesia ha revivido así lo que sucedió en sus orígenes,
cuando los Apóstoles, reunidos en el Cenáculo de Jerusalén, “íntimamente unidos,
se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de
Jesús, y de sus hermanos” (Hch 1,14). Estaban reunidos en humilde y confiada
espera de que se cumpliese la promesa del Padre comunicada a ellos por Jesús:
“Seréis bautizados en el Espíritu Santo, dentro de pocos días... recibiréis la
fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre vosotros”. (Hch 1,5.8).
En la liturgia de Pentecostés, en la narración de los Hechos de los
Apóstoles sobre el nacimiento de la Iglesia (cfr Hch 2,1-11), corresponde
el salmo 103 que hemos escuchado: una alabanza de toda la creación, que exalta
al Espíritu Creador que hizo todo con sabiduría: “¡Qué variadas son tus obras,
Señor! ¡Todo lo hiciste con sabiduría, la tierra está llena de tus criaturas! …
¡Gloria al Señor para siempre, alégrese el Señor por sus obras!” (Sal 103,24.31).
Lo que quiere decirnos la Iglesia es esto: el Espíritu creador de todas las
cosas, y el Espíritu Santo que Cristo hizo descender desde el Padre sobre la
comunidad de los discípulos, son uno y el mismo: creación y redención se
pertenecen mutuamente y constituyen, en el fondo, un único misterio de amor y de
salvación. El Espíritu Santo es ante todo Espíritu Creador y por tanto
Pentecostés es la fiesta de la creación. Para nosotros los cristianos, el mundo
es fruto de un acto de amor de Dios, que hizo todas las cosas y del que Él se
alegra por que es “algo bueno”, “algo muy bueno”, como nos recuerda el relato de
la Creación (cfr Gen 1,1-31). Por ello Dios no es el absolutamente
Otro, innombrable y oscuro. Dios se revela y tiene un rostro. Dios es razón,
Dios es voluntad, Dios es amor, Dios es belleza. La fe en el Espíritu Creador y
la fe en el Espíritu que Cristo Resucitado dio a los Apóstoles y nos da a cada
uno de nosotros, están entonces inseparablemente unidas.
La segunda Lectura y el Evangelio de hoy nos muestran esta conexión. El Espíritu
Santo es Aquel que nos hace reconocer en Cristo al Señor, y nos hace pronunciar
la profesión de fe de la Iglesia: "Jesús es el Señor" (cfr 1 Cor
12,3b). Señor es el título atribuido a Dios en el Antiguo Testamento, título que
en la lectura bíblica tomaba el lugar de su nombre impronunciable. El Credo de
la Iglesia no es otra cosa que el desarrollo de lo que se dice con esta simple
afirmación: “Jesús es Señor”. De esta profesión de fe, san Pablo nos dice que se
trata precisamente de la palabra y de la obra del Espíritu Santo. Si queremos
estar en el Espíritu, debemos adherirnos a este Credo. Haciéndolo nuestro,
aceptándolo como nuestra palabra, accedemos a la obra del Espíritu Santo. La
expresión “Jesús es Señor” se puede leer en los dos sentidos: Jesús es Dios, y,
al mismo tiempo, Dios es Jesús. El Espíritu Santo ilumina esta reciprocidad:
Jesús tiene dignidad divina, y Dios tiene el rostro humano de Jesús. Dios se
muestra en Jesús, y con ello nos da la verdad de nosotros mismos. Dejarse
iluminar profundamente por esta palabra es el acontecimiento de Pentecostés: del
desorden de Babel, de esas voces que resuenan una contra otra, tiene lugar una
transformación radical: la multiplicidad se hace unidad multiforme, del poder
unificador de la Verdad crece la comprensión. En el Credo que nos une
desde todos los extremos de la tierra, que, mediante el Espíritu Santo, hace de
forma que nos comprendamos aún en la diversidad de las lenguas, a través de la
fe, la esperanza y el amor, se forma la nueva comunidad de la Iglesia de Dios.
El pasaje evangélico nos ofrece después una imagen maravillosa para aclarar la
conexión entre Jesús, el Espíritu Santo y el Padre: el Espíritu Santo es
representado como el soplo de Jesús resucitado (cfr Jn 20,22). El
evangelista Juan retoma aquí una imagen del relato de la creación, allí donde se
dice que Dios sopló en la nariz del hombre un aliento de vida (cfr Gen
2,7). El soplo de Dios es vida. Ahora, el Señor sopla en nuestra alma un nuevo
aliento de vida, el Espíritu Santo, su más íntima esencia, y de este modo nos
acoge en la familia de Dios. Con el Bautismo y la Confirmación se nos hace este
don de modo específico, y con los sacramentos de la Eucaristía y de la
Penitencia se repite continuamente: el Señor sopla en nuestra alma un aliento de
vida. Todos los Sacramentos, cada uno a su propia manera, comunican al hombre la
vida divina, gracias al Espíritu Santo que opera en ellos.
En la liturgia de hoy captamos aún una conexión ulterior. El Espíritu Santo es
Creador, es la mismo tiempo Espíritu de Jesucristo, pero de modo que el Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo son un solo y único Dios. Y a la luz de la primera
Lectura podemos añadir. El Espíritu Santo anima a la Iglesia. Ésta no procede de
la voluntad humana, de la reflexión, de la habilidad del hombre y de su
capacidad organizativa, ya que si fuese así ya se habría extinguido desde hacía
tiempo, como sucede con todo lo humano, Esta en cambio es el Cuerpo de Cristo,
animado por el Espíritu Santo. Las imágenes del viento y del fuego, usadas por
san Lucas para representar la venida del Espíritu Santo (cfr Hch 2,2-3),
recuerdan el Sinaí, donde Dios se había revelado al pueblo de Israel y le había
concedido su alianza; "la montaña del Sinaí estaba cubierta de humo – se lee en
el libro del Éxodo –, porque el Señor había bajado a ella en el fuego" (19,18).
De hecho Israel festejó el quincuagésimo día después de la Pascua, después de la
conmemoración de la fuga de Egipto, como la fiesta del Sinaí, la fiesta del
Pacto. Cuando san Lucas habla de lenguas de fuego para representar al Espíritu
Santo, se recuerda ese antiguo Pacto, establecido sobre la base de la Ley
recibida por Israel en el Sinaí. Así el acontecimiento de Pentecostés es
representado como un nuevo Sinaí, como el don de un nuevo Pacto en el que la
alianza con Israel se extiende a todos los pueblos de la tierra, en el que caen
todos los muros de la vieja Ley y aparece su corazón más santo e inmutable, es
decir, el amor, que el Espíritu Santo comunica y difunde, el amor que lo abraza
todo. Al mismo tiempo la Ley se dilata, se abre, aún haciéndose más sencilla: es
el nuevo Pacto, que el Espíritu “escribe” en los corazones de cuantos creen en
Cristo. La extensión del Pacto a todos los pueblos de la tierra la representa
san Lucas a través de un conjunto de poblaciones considerable para aquella
época: (Hch 2,9-11). Con esto se nos dice una cosa muy importante: que la
Iglesia es católica desde el primer momento, que su universalidad no es fruto de
la inclusión sucesiva de comunidades diversas. Desde el primer instante, de
hecho, el Espíritu Santo la creó como Iglesia de todos los pueblos; ésta abraza
al mundo entero, supera todas las fronteras de raza, clase, nación; abate todas
las barreras y une a los hombres en la profesión del Dios uno y trino. Desde el
principio la Iglesia es una, católica y apostólica: esta es su verdadera
naturaleza y como tal debe ser reconocida. Es santa no gracias a la capacidad de
sus miembros, sino porque Dios mismo, con su Espíritu, la crea, la purifica y la
santifica siempre.
Finalmente, el Evangelio de hoy nos entrega esta bellísima expresión: “Los
discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor” (Jn 20,20).
Estas palabras son profundamente humanas. El Amigo perdido está presente de
nuevo, y quien antes estaba turbado se alegra. Pero dicen mucho más. Porque el
Amigo perdido no viene de un lugar cualquiera, sino de la noche de la muerte; ¡y
la ha atravesado! No es uno cualquiera, sino que es el Amigo y al mismo tiempo
Aquel que es la Verdad y que hace vivir a los hombres; y lo que da no es una
alegría cualquiera, sino la propia alegría, don del Espíritu Santo. Sí, es
hermoso vivir porque soy amado, y es la Verdad la que me ama. Se alegraron los
discípulos, viendo al Señor. Hoy, en Pentecostés, esta expresión está destinada
también a nosotros, porque en la fe podemos verle; en la fe Él viene entre
nosotros, y también a nosotros nos enseña las manos y el costado, y nosotros nos
alegramos. Por ello queremos rezar: ¡Señor, muéstrate! Haznos el don de tu
presencia y tendremos el don más bello, tu alegría. Amén.