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NOTICIAS DE LA PARROQUIA |
3/noviembre/2011 - Benedicto XVI en Asís
Benedicto
XVI presidió en Asís el pasado 27 de octubre, la «Jornada de reflexión, diálogo
y oración por la paz y la justicia en el mundo». En este encuentro participan
los líderes religiosos de todo el mundo, en el vigesimoquinto aniversario del
histórico encuentro convocado en 1986 por el beato Juan Pablo II en la ciudad de
san Francisco. «"Peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz” para significar
el compromiso que queremos renovar solemnemente, junto con los miembros de las
diversas religiones, y también con hombres no creyentes pero que buscan
sinceramente la verdad, en la promoción del verdadero bien de la humanidad y en
la construcción de la paz». Así ha explicado el Pontífice el sentido de esta
Jornada.
El Santo Padre habló de este Encuentro ayer, durante su audiencia general del miércoles en Roma. “Como cristianos – precisó el Papa- estamos convencidos de que la mejor contribución que podemos dar a la causa de la paz es la de la oración. Por este motivo nos encontramos aquí hoy, como Iglesia de Roma, junto a los peregrinos presentes en la Urbe, escuchando la Palabra de Dios, para invocar con fe el don de la paz. El Señor puede iluminar nuestra mente y nuestro corazón, y guiarnos a ser constructores de justicia y de reconciliación en nuestras realidades diarias y en el mundo”. Asimismo, señaló que “queremos invocar de Dios el don de la paz; queremos pedirle que nos haga instrumentos de su paz en un mundo aún desgarrado por el odio, por divisiones, por egoísmos, por guerras; queremos pedirle que el encuentro de mañana en Asís favorezca el diálogo entre personas de diversa pertenencia religiosa y traiga un rayo de luz capaz de iluminar la mente y el corazón de todos los hombres, para que el rencor dé paso al perdón, la división a la reconciliación, el odio al amor, la violencia a la bondad, y en el mundo reine la paz”.
La basílica de
Santa María degli Angeli ha sido el lugar que ha acogido el primer acto de este
encuentro. En presencia del Santo Padre y los representantes de las religiones
de todo el mundo, se han presentado testimonios de paz. La comida en fraternidad
tendrá lugar en el refectorio del convento, y posteriormente reservarán un
tiempo de recogimiento privado. A continuación, los delegados irán a la plaza
inferior de San Francisco para el encuentro conclusivo. Antes de regresar a
Roma, Benedicto XVI, acompañado por los jefes de las delegaciones, bajará a la
cripta para una visita en silencio a la tumba del Santo.
JORNADA DE REFLEXIÓN, DIÁLOGO Y ORACIÓN
POR LA PAZ Y LA JUSTICIA EN EL MUNDO
"PEREGRINOS DE LA VERDAD, PEREGRINOS DE LA PAZ"
Jueves 27 de octubre de 2011
Queridos hermanos y hermanas,
Distinguidos Jefes y representantes de las Iglesias y Comunidades eclesiales
y de las Religiones del mundo,
queridos amigos
Han pasado veinticinco años desde que el beato
Papa Juan Pablo II invitó por vez primera a los representantes de las religiones
del mundo a Asís para una oración por la paz. ¿Qué ha ocurrido desde entonces?
¿A qué punto está hoy la causa de la paz? En aquel entonces, la gran amenaza
para la paz en el mundo provenía de la división del planeta en dos bloques
contrastantes entre sí. El símbolo llamativo de esta división era el muro de
Berlín que, pasando por el medio de la ciudad, trazaba la frontera entre dos
mundos. En 1989, tres años después de Asís, el muro cayó sin derramamiento de
sangre. De repente, los enormes arsenales que había tras el muro dejaron de
tener sentido alguno. Perdieron su capacidad de aterrorizar. El deseo de los
pueblos de ser libres era más fuerte que los armamentos de la violencia. La
cuestión sobre las causas de este derrumbe es compleja y no puede encontrar una
respuesta con fórmulas simples. Pero, junto a los factores económicos y
políticos, la causa más profunda de dicho acontecimiento es de carácter
espiritual: detrás del poder material ya no había ninguna convicción espiritual.
Al final, la voluntad de ser libres fue más fuerte que el miedo ante la
violencia, que ya no contaba con ningún respaldo espiritual. Apreciamos esta
victoria de la libertad, que fue sobre todo también una victoria de la paz. Y es
preciso añadir en este contexto que, aunque no se tratara sólo, y quizás ni
siquiera en primer lugar, de la libertad de creer, también se trataba de ella.
Por eso podemos relacionar también todo esto en cierto modo con la oración por
la paz.
Pero, ¿qué ha sucedido después? Desgraciadamente, no podemos decir que desde
entonces la situación se haya caracterizado por la libertad y la paz. Aunque no
haya a la vista amenazas de una gran guerra, el mundo está desafortunadamente
lleno de discordia. No se trata sólo de que haya guerras frecuentemente aquí o
allá; es que la violencia en cuanto tal siempre está potencialmente presente, y
caracteriza la condición de nuestro mundo. La libertad es un gran bien. Pero el
mundo de la libertad se ha mostrado en buena parte carente de orientación, y
muchos tergiversan la libertad entendiéndola como libertad también para la
violencia. La discordia asume formas nuevas y espantosas, y la lucha por la paz
nos debe estimular a todos nosotros de modo nuevo.
Tratemos de identificar más de cerca los nuevos rostros de la violencia y la
discordia. A grandes líneas –según mi parecer– se pueden identificar dos
tipologías diferentes de nuevas formas de violencia, diametralmente opuestas por
su motivación, y que manifiestan luego muchas variantes en sus particularidades.
Tenemos ante todo el terrorismo, en el cual, en lugar de una gran guerra, se
emplean ataques muy precisos, que deben golpear destructivamente en puntos
importantes al adversario, sin ningún respeto por las vidas humanas inocentes
que de este modo resultan cruelmente heridas o muertas. A los ojos de los
responsables, la gran causa de perjudicar al enemigo justifica toda forma de
crueldad. Se deja de lado todo lo que en el derecho internacional ha sido
comúnmente reconocido y sancionado como límite a la violencia. Sabemos que el
terrorismo es a menudo motivado religiosamente y que, precisamente el carácter
religioso de los ataques sirve como justificación para una crueldad despiadada,
que cree poder relegar las normas del derecho en razón del «bien» pretendido.
Aquí, la religión no está al servicio de la paz, sino de la justificación de la
violencia.
A partir de la Ilustración, la crítica de la religión ha sostenido
reiteradamente que la religión era causa de violencia, y con eso ha fomentado la
hostilidad contra las religiones. En este punto, que la religión motive de hecho
la violencia es algo que, como personas religiosas, nos debe preocupar
profundamente. De una forma más sutil, pero siempre cruel, vemos la religión
como causa de violencia también allí donde se practica la violencia por parte de
defensores de una religión contra los otros. Los representantes de las
religiones reunidos en Asís en 1986 quisieron decir – y nosotros lo repetimos
con vigor y gran firmeza – que esta no es la verdadera naturaleza de la
religión. Es más bien su deformación y contribuye a su destrucción. Contra eso,
se objeta: Pero, ¿cómo sabéis cuál es la verdadera naturaleza de la religión?
Vuestra pretensión, ¿no se deriva quizás de que la fuerza de la religión se ha
apagado entre vosotros? Y otros dirán: ¿Acaso existe realmente una naturaleza
común de la religión, que se manifiesta en todas las religiones y que, por
tanto, es válida para todas? Debemos afrontar estas preguntas si queremos
contrastar de manera realista y creíble el recurso a la violencia por motivos
religiosos. Aquí se coloca una tarea fundamental del diálogo interreligioso, una
tarea que se ha de subrayar de nuevo en este encuentro. A este punto, quisiera
decir como cristiano: Sí, también en nombre de la fe cristiana se ha recurrido a
la violencia en la historia. Lo reconocemos llenos de vergüenza. Pero es
absolutamente claro que éste ha sido un uso abusivo de la fe cristiana, en claro
contraste con su verdadera naturaleza. El Dios en que nosotros los cristianos
creemos es el Creador y Padre de todos los hombres, por el cual todos son entre
sí hermanos y hermanas y forman una única familia. La Cruz de Cristo es para
nosotros el signo del Dios que, en el puesto de la violencia, pone el sufrir con
el otro y el amar con el otro. Su nombre es «Dios del amor y de la paz» (2 Co
13,11). Es tarea de todos los que tienen alguna responsabilidad de la fe
cristiana el purificar constantemente la religión de los cristianos partiendo de
su centro interior, para que – no obstante la debilidad del hombre – sea
realmente instrumento de la paz de Dios en el mundo.
Si bien una tipología fundamental de la violencia se funda hoy religiosamente,
poniendo con ello a las religiones frente a la cuestión sobre su naturaleza, y
obligándonos todos a una purificación, una segunda tipología de violencia de
aspecto multiforme tiene una motivación exactamente opuesta: es la consecuencia
de la ausencia de Dios, de su negación, que va a la par con la pérdida de
humanidad. Los enemigos de la religión – como hemos dicho – ven en ella una
fuente primaria de violencia en la historia de la humanidad, y pretenden por
tanto la desaparición de la religión. Pero el «no» a Dios ha producido una
crueldad y una violencia sin medida, que ha sido posible sólo porque el hombre
ya no reconocía norma alguna ni juez alguno por encima de sí, sino que tomaba
como norma solamente a sí mismo. Los horrores de los campos de concentración
muestran con toda claridad las consecuencias de la ausencia de Dios.
Pero no quisiera detenerme aquí sobre el ateísmo impuesto por el Estado;
quisiera hablar más bien de la «decadencia» del hombre, como consecuencia de la
cual se produce de manera silenciosa, y por tanto más peligrosa, un cambio del
clima espiritual. La adoración de Mamón, del tener y del poder, se revela una
anti-religión, en la cual ya no cuenta el hombre, sino únicamente el beneficio
personal. El deseo de felicidad degenera, por ejemplo, en un afán desenfrenado e
inhumano, como se manifiesta en el sometimiento a la droga en sus diversas
formas. Hay algunos poderosos que hacen con ella sus negocios, y después muchos
otros seducidos y arruinados por ella, tanto en el cuerpo como en el ánimo. La
violencia se convierte en algo normal y amenaza con destruir nuestra juventud en
algunas partes del mundo. Puesto que la violencia llega a hacerse normal, se
destruye la paz y, en esta falta de paz, el hombre se destruye a sí mismo
La ausencia de Dios lleva al decaimiento del hombre y del humanismo. Pero,
¿dónde está Dios? ¿Lo conocemos y lo podemos mostrar de nuevo a la humanidad
para fundar una verdadera paz? Resumamos ante todo brevemente las reflexiones
que hemos hecho hasta ahora. He dicho que hay una concepción y un uso de la
religión por la que esta se convierte en fuente de violencia, mientras que la
orientación del hombre hacia Dios, vivido rectamente, es una fuerza de paz. En
este contexto me he referido a la necesidad del diálogo, y he hablado de la
purificación, siempre necesaria, de la religión vivida. Por otro lado, he
afirmado que la negación de Dios corrompe al hombre, le priva de medidas y le
lleva a la violencia.
Junto a estas dos formas de religión y anti-religión, existe también en el mundo
en expansión del agnosticismo otra orientación de fondo: personas a las que no
les ha sido dado el don de poder creer y que, sin embargo, buscan la verdad,
están en la búsqueda de Dios. Personas como éstas no afirman simplemente: «No
existe ningún Dios». Sufren a causa de su ausencia y, buscando lo auténtico y lo
bueno, están interiormente en camino hacia Él. Son «peregrinos de la verdad,
peregrinos de la paz». Plantean preguntas tanto a una como a la otra parte.
Despojan a los ateos combativos de su falsa certeza, con la cual pretenden saber
que no hay un Dios, y los invitan a que, en vez de polémicos, se conviertan en
personas en búsqueda, que no pierden la esperanza de que la verdad exista y que
nosotros podemos y debemos vivir en función de ella. Pero también llaman en
causa a los seguidores de las religiones, para que no consideren a Dios como una
propiedad que les pertenece a ellos hasta el punto de sentirse autorizados a la
violencia respecto a los demás. Estas personas buscan la verdad, buscan al
verdadero Dios, cuya imagen en las religiones, por el modo en que muchas veces
se practican, queda frecuentemente oculta. Que ellos no logren encontrar a Dios,
depende también de los creyentes, con su imagen reducida o deformada de Dios.
Así, su lucha interior y su interrogarse es también una llamada a los creyentes
a purificar su propia fe, para que Dios – el verdadero Dios – se haga accesible.
Por eso he invitado de propósito a representantes de este tercer grupo a nuestro
encuentro en Asís, que no sólo reúne representantes de instituciones religiosas.
Se trata más bien del estar juntos en camino hacia la verdad, del compromiso
decidido por la dignidad del hombre y de hacerse cargo en común de la causa de
la paz, contra toda especie de violencia destructora del derecho. Para concluir,
quisiera aseguraros que la Iglesia católica no cejará en la lucha contra la
violencia, en su compromiso por la paz en el mundo. Estamos animados por el
deseo común de ser «peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz».