|
NOTICIAS DE LA PARROQUIA |
18/junio/2010 - Crónica de la peregrinación a Roma del Obispo y un grupo de sacerdotes para participar en los actos de clausura del Año Sacerdotal

D.Jesús Aguilar Mondejar (Párroco de El
Salvador de Caravaca).
El martes 8 de junio, cuando el día está amaneciendo, vamos apareciendo
desde los diversos pueblos de nuestra querida diócesis, distintos sacerdotes y
se va llenando de curas la capilla, -creo que más que cualquier otro día-, hasta
el punto que una señora pregunta:“¿Qué es lo que ocurre?”. Pues que vamos a
celebrar la Santa Misa antes de partir para Roma. La Eucaristía fue celebrada en
la capilla de la Adoración Perpetua del Palacio Episcopal donde nuestro Sr.
Obispo nos bendijo, y nos envió a vivir estos días de gracia al encuentro con el
sucesor de Pedro.
Después del envío nos dirigimos al autobús y nos pusimos en marcha hacia el
aeropuerto de Manises para partir hacia Roma al Congreso Internacional de los
Sacerdotes con motivo de la Clausura del año Sacerdotal.
Llegamos al hotel en Roma cerca de las 15 h. y pudimos dejar las maletas y la
tarde quedaba de libre configuración; se formaron diversos grupos, siempre en un
clima muy familiar y fraternal, algunos ardíamos por ganas de encaminarnos hacia
la Basílica de S. Pedro, y poder orar en las tumbas de los Papas, de una forma
especial nos detuvimos en la de Juan Pablo II y en la de S. Pedro.
Después quedaba tiempo para patear, andar, callejear, caminar y pasear por los
rincones de Roma, -es fácil quedar maravillado por cada rincón- y envuelto por
la cantidad de turistas que van de acá para allá.
Disfrutando del paseo, de una conversación que facilitaba la comunicación
alegre, las risas, viviendo también la convivencia entre hermanos, y saboreando
los rincones cargados de historia milenaria, entre paseos se sacó un hueco para
cenar y para los famosos helados italianos. Después, con todo el cansancio
acumulado del día, nos retiramos al hotel para reponer fuerzas y vivir con
fuerzas renovadas el primer día del congreso.
El miércoles, después del desayuno (-reponiendo fuerzas para lo que estaba por
venir-), nos dirigimos hacia la Basílica de San Juan de Letrán (la asistencia
tan mayoritaria de sacerdotes hizo que a última hora fuesen necesarias dos sedes
para el encuentro. Una sede en S. Pablo Extramuros: los de lengua italiana,
alemana, inglesa y otra sede en S. Juan de Letrán: los españoles, franceses y
portugueses). Con lo cual nuestro destino era en S. Juan de Letrán y seguimos
las meditaciones por vídeo conferencias con traducción simultánea.
Después de largas colas, qué hermosura tanto sacerdote, tanto consagrado, ya
comentábamos que a pesar de la experiencia en otros encuentros, esto era algo
único; nunca habíamos estado tantos sacerdotes celebrando juntos a la misma vez,
¡qué privilegio!
Después de conseguir el aparato que nos ayudaría a seguir las sesiones
facilitando la traducción simultánea a nuestro idioma, entramos en la Basílica y
no paraban de invitarnos a ocupar los primeros puestos para dejar con mayor
accesibilidad para los que llegaran más tarde, que fuéramos completando evitando
huecos, sólo en el Presbiterio, detrás del Altar cabían unos 500 sacerdotes,
-pensé más que en mi parroquia- todo a lo grande.
Nos invitaron a revestirnos y seguidamente comenzamos con la invocación VENI,
CREATOR SPIRITUS (cantada, qué bellas las celebraciones, qué solemnidad en los
cantos) y seguidamente la meditación llevada a cabo por el Emmo. Cardenal
Joachim Meisner, Arzobispo de Colonia (Alemania): Conversión y misión. Dijo que
se ceñiría a desarrollarla en quince puntos, yo simplemente destacaré algunas
invitaciones que nos hizo a los sacerdotes para poder desarrollar bien nuestra
misión…estamos llamados a tener experiencia de caer en los brazos de Nuestro
Señor Jesucristo Misericordioso, puso el ejemplo de S. Pablo, pequeño hombre,
enfermo…el corazón del sacerdote es como un tabernáculo de la iglesia, cada
sacerdote se convierte en un Cristo visible… la importancia de frecuentar ambos
lados del confesionario, a un lado y a otro, penitente y ministro de la
confesión, cuando se aleja del confesionario entra en crisis de identidad. Dios
se muestra a nosotros cuando perdona. El amor más grande es el que nos lleva al
perdón. ¿Qué preferís ser pecadores, experimentar el perdón de Dios en nuestras
vidas o vivir con la ilusión de creernos hombres justos? ¿Qué somos nosotros sin
Dios?... Nunca hemos confiado en el poder de Dios, confesarnos significa
dejarnos elevar por el Señor, nos comentó la parábola del hijo pródigo…
Después, Adoración Eucarística, donde hubo tiempo para las Confesiones y
posteriormente tuvimos la Santa Misa presidida por el Mons. Mauro Piacenza,
Secretario de la Congregación para el Clero. Terminada la Misa, nos fuimos
esperando para juntarnos y poder dirigirnos a comer a un restaurante cercano a
S. Juan de Letrán. Para la tarde se nos hizo la oferta de participar en el Aula
Pablo VI en un encuentro para sacerdotes con testimonios e intercaladamente con
momentos artísticos, fue dividido en tres partes: hombres de Dios - iconos de
Cristo, hermanos entre hermanos, profetas de un mundo nuevo. Fue promovido por
el movimiento de los Focolares y de Schoenstatt con la colaboración de la
Renovación Carismática Católica Internacional y otras realidades eclesiales.
Allí también estuvo presente nuestra Diócesis con el buen hacer de D. Alfonso
Guillamón que junto al sacerdote D. Carlo Seno, nos deleitaron tocando el piano
a cuatro manos…No nos quedamos a las vísperas presididas por el Cardenal Claudio
Hummes porque nosotros habíamos quedado convocados en la Capilla de la Casa “Don
de Maria” de las Misioneras de la Caridad para la celebración de las vísperas
presididas por nuestro Obispo con la renovación de las promesas sacerdotales…
¡qué suerte junto a nuestro Obispo y Pastor manifestar al Señor nuestro
agradecimiento por el don del ministerio, los deseos más fuertes de unión al
Señor y renunciando a mí mismo para el servicio del Pueblo de Dios. En la
homilía nuestro Obispo nos alentó, animó, y nos recordó con palabras del Papa
Benedicto XVI: “El Señor habla del sembrador que siembra… y la semilla… parece
algo insignificante… sin embargo crece y acoge en sus ramas tanto a los suyos
como a los que vienen de fuera… estamos en el tiempo de la siembra; la Palabra
de Dios parece sólo una palabra, casi nada. Pero ¡ánimo!, esta Palabra contiene
en sí la vida. Y da fruto”. Después tuvimos cena libre y cada uno fue llegando
al hotel después de convivir y mezclarnos los distintos sacerdotes; los de las
bodas de plata y los estudiantes en Roma cenaron con nuestro Sr. Obispo.
El Jueves, después del desayuno, junto con los obreros y estudiantes en el metro
hacia la estación más cercana y pronto para poder conseguir un lugar cercano al
Altar fuimos apareciendo por la Basílica de S. Juan de Letrán, nos fuimos
encontrando con hermanos de nuestra Diócesis que se fueron con otras
peregrinaciones y otros por su cuenta, entre unos y otros hemos estado junto a
nuestro Obispo unos 36 sacerdotes diocesanos.
La meditación de este día fue dada por el Arzobispo de Québec (Canadá), Cardenal
Marc Ouellet, quien reflexionará en torno al tema “Cenáculo: invocación al
Espíritu Santo con María, en comunión fraterna”. Ser con el único sacerdote…
para el sacerdote vale lo que Cristo dijo de si mismo: la doctrina no es mía, no
propago mis ideas, sino que soy la boca y la voz de Cristo…icono de Cristo,
cenáculo con María, acoge el Espíritu Santo con gozo en el nombre de toda la
humanidad…
A continuación será la adoración al Santísimo Sacramento, confesiones y la
celebración de la Santa Misa presidida por Mons. Robert Sarah, Secretario de la
Congregación para la Evangelización de los Pueblos.
La tarde del jueves tuvimos la Vigilia en la Plaza de San Pedro con la presencia
del Papa. Además de testimonios ofrecidos por algunos sacerdotes, hubo
conexiones televisivas con Ars, el cenáculo de Jerusalén, barrios pobres de
Buenos Aires y Hollywood, así como un diálogo entre el Pontífice y los
sacerdotes, adoración y bendición eucarística.
Y el viernes día de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, después del
desayuno partimos rápido para el aula de Pablo VI con las esperanzas de poder
ocupar un lugar cercano al Papa. Esta Eucaristía presidida por el Santo Padre
era el momento central con el que se clausuraba el Año Sacerdotal. Uno era
consciente de que se trataba de un momento de gracia especial, ocasión de
renovar las promesas realizadas el día de nuestra ordenación junto al sucesor de
Pedro. Fue una experiencia para crecer en comunión y en amor a la Iglesia. Todo
concluyó con la consagración de todos los sacerdotes a la Santísima Virgen que
realizo el Papa Benedicto XVI.
Después la comida, y traslado al aeropuerto de Fiumicino, salida para Valencia,
traslado en autocar hasta Murcia. Cansados pero pletóricos de gozo por los
momentos tan intensos vividos. Confiamos en que el Señor nos ayude a ir
asimilándolos y sobre todo, saber ir haciéndolos vida en nosotros. A
continuación, cada uno rumbo a su lugar de misión.
TESTIMONIOS DE ALGUNOS SACERDOTES DE LA DIÓCESIS QUE HAN PARTICIPADO EN LA
PEREGRINACIÓN:
“Se me ensancha el corazón al haber podido ver a tantos hermanos sacerdotes,
de toda raza y lengua, pero que están unidos al Señor Jesús como nosotros, que
entregan su vida por amor a los hermanos y que gastan su existencia para que el
reinado de Dios crezca”
(D. José León León, Vicario Episcopal de la Zona Pastoral Campo de Cartagena
– Mar Menor)
Quiero compartir con vosotros alguna de las experiencias que he vivido al
participar en los actos de clausura del Año Sacerdotal en Roma.
He avivado mi alegría por formar parte de la Iglesia, Cuerpo de Cristo extendido
por todo el mundo, que anuncia el Evangelio y sirve a los hombres de hoy. Se me
ensancha el corazón al haber podido ver a tantos hermanos sacerdotes, de toda
raza y lengua, pero que están unidos al Señor Jesús como nosotros, que entregan
su vida por amor a los hermanos y que gastan su existencia para que el reinado
de Dios crezca. Esta experiencia de comunión la comencé a vivir en las dos
mañanas en las participamos en los actos de la Basílica de San Juan de Letrán
con oración común con más de 5.000 sacerdotes, con la escucha de la conferencias
y celebrando juntos la Eucaristía. El culmen de esta vivencia, de saber que eres
una célula del gran Cuerpo de Cristo que anima el Santo Espíritu, la experimenté
en la vigilia de oración con el Papa y en la Eucaristía conclusiva.
La segunda experiencia ha sido la de dar gracias al Señor por su llamada a
servir a los hermanos como presbítero diocesano secular. Junto a nuestro Obispo
he renovado las promesas del día que realicé el día de mi ordenación. Me he
sentido orgulloso de ser sacerdote, alegre por la labor que realizamos los
408.000 sacerdotes del mundo y agradecido al escuchar como el Santo Padre y
otros importantes prelados de la Iglesia nos daban las gracias por nuestra
entrega y servicio.
Fue un encuentro muy bien preparado, con unas celebraciones cuidadas y con unos
contenidos claros y profundos. Entre las muchas las ideas que me impactaron y
que me ayudaron a renovar mi “sí” al Señor, la que más me gustó fue una frase
que el Santo Padre pronunció en la homilía de la Eucaristía “El sacerdote es un
don del Corazón de Cristo: un don para la Iglesia y para el mundo. Del Corazón
del Hijo de Dios, desbordante de caridad, brotan todos los bienes de la Iglesia
y, de forma particular, la vocación de aquellos que conquistados por el Señor
Jesús dejan todo para dedicarse completamente al servicio del pueblo cristiano
siguiendo el ejemplo del Buen Pastor.”
En pocos días hemos gozado de una experiencia de fe muy rica que puede ayudarnos
a reavivar la llamada del Señor. Volveré a releer y a revivir muchos de los
momentos de estos días para que calen en mí y den fruto.
Doy gracias a Dios y a la Iglesia Diocesana por haber podido participar en estos
actos de clausura del Año Sacerdotal.
“He tenido la sensación de estar participando inmerecidamente en un momento
histórico e irrepetible, en la seguridad de que estaba en el momento y lugar
justos, viendo la gracia de Dios derramada sobre tantos miles de sacerdotes, en
un ambiente de espontánea oración”
(D. Diego Martínez, Rector del Seminario Redemptoris Mater de Murcia)
Quisiera expresar brevemente algunos puntos de la experiencia vivida estos días
en Roma, junto a Pedro, el Santo Padre Benedicto XVI, y agradecer el apoyo,
empuje y ejemplo de nuestro Obispo, don José Manuel, que nos ha animado
reiteradamente a participar en la Clausura del Año Sacerdotal y que nos ha
acompañado en todo momento, permitiéndonos compartir momentos ya inolvidables.
El ambiente ha sido estupendo, edificador, de verdadera fraternidad... Quiero
destacar mi admiración por don Julián, que a sus setenta y muchos años, ha dado
muestras de su ímpetu y ha mostrado la belleza de un alma siempre joven y
profundamente pía. También he podido compartir bellos momentos de con otros
sacerdotes -Don David, Don Massi, ...-, y ha sido una gracia particular poder
compartir esta peregrinación con quienes celebran este Año sus Bodas de Plata
sacerdotales -en particular, Paco Pagán y Nicolás Poyato, con la ausencia
forzada de Juan Carlos G.Domene-, teniendo en cuenta que éramos compañeros de
fatigas cuando se marcharon al Seminario, lo cual supuso para mí un serio
aldabonazo, que daría fruto en su día...,
La organización por parte de la Congregación para el Clero, casi -siempre hay
que dejar el “casi”- perfecta – traducción simultánea, publicaciones de material
litúrgico, reparto de la sagrada Comunión, cálculo de los tiempos-. En cuanto a
“nuestros” organizadores -José Antonio García y Jorge Salinas-, sólo expresiones
superlativas... Teniendo en cuenta que no debe ser fácil organizar un grupo de
personas que habitualmente se dedican a organizar a otras personas...
Muy emotiva fue la renovación de las promesas sacerdotales en la Capilla de las
Misioneras de la Caridad -las de Madre Teresa de Calcuta-, en un bello
Lucernario, bajo la presidencia de don José Manuel, quien nos alentó y confirmó
en el ministerio.
He tenido la sensación de estar participando inmerecidamente en un momento
histórico e irrepetible, en la seguridad de que estaba en el momento y lugar
justos, viendo la gracia de Dios derramada sobre tantos miles de sacerdotes, en
un ambiente de espontánea oración -aquí y allá podían apreciarse los rosarios
entre las manos, los Salterios, etc.- Desde luego, muchísima variedad: de todas
la razas, lenguas, pueblos y naciones, como dice la Escritura, -como anécdota,
no detallo las posibilidades que hemos descubierto de vestir diversos modelos y
colores de clerygman-... Importante destacar el “baño de catolicidad”
(universalidad) que suponen estos momentos, y la invitación -que concretizó
Mons. Piacenza- a que podamos también hoy escuchar y poner en práctica la
llamada del Señor: “Id a todo el mundo y anunciad el Evangelio a todas las
gentes”.
En general, la media de edad de los participantes era muy joven -he podido
saludar a varios recién ordenados presbíteros de mi anterior Seminario de
Varsovia-, todos llenos de alegría y entusiasmo, como debe ser -quizá no les ha
tocado aún la gracia de experimentar la Cruz del día a día, lo que la Sagrada
Escritura llama, como nos recordaba nuestro Sr. Obispo: [/i]gastarse y
desgastarse por el Evangelio...[/i]-, pero ya tendrán tiempo, y el Señor les irá
asistiendo, como lo está haciendo con los que ya somos más mayores.
Pudimos estar muy cerca del Papa, al que se le vio profundamente emocionado, ya
desde el primer encuentro, en la Vigilia del Jueves por la noche. Quizá recibía
entonces un pequeño y muy merecido consuelo por tanto como ha tenido que sufrir
en este último tiempo.
Me impresionaba la capacidad que tiene este Papa para ayudarnos a participar
verdaderamente en la liturgia, no obstante las multitudes. Juan Pablo II,
cierto, nos movía el corazón -de hecho, pude decirle “sí” al Señor en la
vocación al sacerdocio gracias a un encuentro con él-, tenía la capacidad de
dialogar con las masas, encendía el ánimo; Benedicto XVI consigue crear el clima
apropiado -moniciones, música, servicio de liturgia-, para llevar a cada
participante a un encuentro personal con el Señor en el más absoluto silencio;
no arranca grandes aplausos -en su exquisita sencillez va pasando rápidamente
por los diversos temas-, pero presenta con mucha claridad, no exenta por ello de
profundidad, todo lo que aborda. Diría que es un Papa al que, cuando se le
escucha, uno se dice: “Esto luego lo tengo que leer despacio”.
El Santo Padre ha expresado su agradecimiento a tantos sacerdotes que por
todo el mundo se entregan generosa y fielmente al ministerio, pidiendo perdón
una vez más por quienes se han alejado del bien y la verdad... Yo destacaría, de
todo lo recibido, al menos, que este ministerio no es un trabajo más, con
horarios y limitaciones, sino la gracia y la responsabilidad inmensa de hacer
presente al Señor a través de los sacramentos; que debemos acercarnos en el
estudio -Teología- al Señor desde la humildad de la razón; que no debemos caer
en el clericalismo; que el celibato es un escándalo para el mundo, porque hace
presente el tiempo futuro, al tiempo que confirma a los matrimonios en su
fidelidad; y, sobre todo, el remarcar como fuente inagotable y segura para
nuestra vida sacerdotal, la llamada a la verdadera santidad y a la intimidad con
el Señor.
Yo, particularmente, he tenido muy presentes a los seminaristas a quienes sirvo
actualmente como formador, cosa por lo demás lógica, pensando que les hubiera
sido de mucha ayuda poder estar y participar en todos estos actos... Pero la
Providencia me ha llevado a mí, pecador, y, como nos recordó el Sr. Obispo,
ojalá sepa ahora poder transmitir tantas gracias recibidas a aquellos que el
Señor me ha encomendado. Así se lo pido.
¡Qué alegría volver de Roma gozoso de ser sacerdote, de saberme llamado por
el Señor para ser uno con él y con los hermanos en el presbiterio, para hacer
presente a Cristo en medio del mundo!
(D. José Antonio Abellán Jiménez, Vicario Episcopal de la Zona Pastoral de
Lorca)
Tres días de fiesta en Roma que han sido una maravilla. Maravillosa la
convivencia con miles y miles de hermanos sacerdotes venidos de todas partes del
mundo y de todas las edades y entre los propios de la Diócesis de Cartagena, con
nuestro Obispo a la cabeza. Estupendas las catequesis recibidas en San Juan de
Letrán y el rato de Adoración Eucarística y la celebración de la Misa. Preciosa
Roma en el tiempo libre en que he podido pasear por ella viendo grupos de
turistas y grupos de sacerdotes y, por último, un verdadero regalo del Señor: la
Vigilia de Oración en la tarde del jueves 10 y la celebración de la Misa de
Clausura del viernes 11. Su Santidad el Papa ha tenido una cercanía exquisita
con el presbiterio congregado en torno a él y nos ha confirmado en la fe y en el
ministerio recibido que no es un oficio, sino un sacramento de Cristo. ¡Qué
alegría volver de Roma gozoso de ser sacerdote, de saberme llamado por el Señor
para ser uno con él y con los hermanos en el presbiterio, para hacer presente a
Cristo en medio del mundo! ¡Qué alegría saber que los sacerdotes tenemos en
nuestras manos todo el poder de Dios para transformar el universo entero! ¡Qué
alegría ver al Papa rezando por nosotros y con nosotros como cabeza en la tierra
del Sacerdocio de Cristo! Bendigo a Dios por esta experiencia del Año
Sacerdotal.
“En los quince mil sacerdotes participantes descubría a la Iglesia entera y
al resto de los sacerdotes de todo el mundo”
(D. Alfredo Hernández, Párroco de San Lorenzo de Murcia)
Resulta muy difícil resumir en unas líneas lo que acabamos de vivir estos días
pasados en Roma. El encuentro con el Santo Padre siempre es una gracia de Dios,
pero en esta ocasión mucho más. El grupo de sacerdotes que hemos viajado con
nuestro Obispo estábamos haciendo presente a toda nuestra Diócesis. Me sentía
muy cercano a todos y cada uno de los sacerdotes que trabajamos en esta parcela
de la Iglesia.
En los quince mil sacerdotes participantes descubría a la Iglesia entera y al
resto de los sacerdotes de todo el mundo. Y todos junto al Papa, a la Cabeza, en
un clamor unánime de cariño y de adhesión en estos momentos tan difíciles para
Él.
Puestos a resaltar algo, pues todo fue impresionante, lo haré de la Vigilia de
Oración en la noche del jueves. Los testimonios, los coros de jóvenes con la
orquesta... La presencia del Santo Padre nos hizo unirnos en un grito unánime:
"Benedicto, Benedicto..." Era el momento esperado y cinco sacerdotes de las
diferentes partes del mundo hicieron las preguntas en nombre de todos. El Papa
respondió a cada una con gran sencillez y profundidad. Era una palabra
reconfortante en el tiempo que nos ha tocado vivir.
El momento culminante fue la aparición del mismo Cristo, en la Custodia y bajo
Palio, por toda la Plaza de San Pedro. Silencio, emoción y una gran paz. Era a
Él a quien teníamos que adorarle. Y el Papa nos dio la Bendición con el
Santísimo. Estoy seguro de que se sintió muy contento rodeado de tantos
sacerdotes dispuestos a llevar con Él la cruz.
Los treinta sacerdotes, junto con los que terminan sus estudios en Roma, nos
hemos sentido muy unidos compartiendo en cada momento lo que hemos vivido en
estos días inolvidables. A todo esto colaboró una organización perfecta por
parte de José Antonio y Jorge que se desvivieron en todo momento.
“(…) días de fuerte inyección vital y sacerdotal, pero sobre todo han
supuesto una renovada afirmación de nuestro ser sacerdotes hoy, en el presente
momento histórico”
(D. Luis Emilio Pascual Molina, Delegado Diocesano de Pastoral Universitaria)
Madre de la Iglesia, nosotros, sacerdotes, queremos ser pastores que no se
apacienten a sí mismos, sino que se entregan a Dios por los hermanos,
encontrando la felicidad en esto. Queremos cada día repetir humildemente no sólo
de palabra, sino con la vida, nuestro ‘aquí estoy’…”. En la mañana del pasado
viernes, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, el Papa Benedicto XVI
pronunciaba estas palabras dentro del rito de Consagración de los sacerdotes al
Inmaculado Corazón de María. Cerca de 20.000 sacerdotes de todos los países del
mundo musitábamos estas palabras poniendo nuestra confianza en la Madre de los
sacerdotes. Casi un tercio de la plaza de San Pedro irradiaba más luz que nunca
gracias al espléndido espectáculo de veinte mil albas y estolas blancas que
reflejaban el abrasador sol romano. Pocos minutos antes, el Santo Padre nos
había invitado a renovar las promesas del día de nuestra ordenación, y a más de
uno le venían a la mente recuerdos de años jóvenes, pero sobre todo la
actualidad renovada del amor y la fidelidad de Dios en el ministerio al que me
llamó. Se hacía presente la enorme obra del Espíritu Santo a través de una pobre
vasija de barro que en su debilidad ha podido ser instrumento de Dios para
acompañar, animar, socorrer, o anunciar la conversión y amor de Dios a tantas
personas que el Señor me ha confiado; sacramentos celebrados, vida compartida
con multitud de hermanos en la fe. Todo era una profunda Acción de Gracias.
Los días precedentes habían sido el mejor prólogo: dos mañanas de meditación y
serena oración contemplativa ante el Santísimo Sacramento, posibilidad de
celebrar el sacramento de la Reconciliación, comunión sacerdotal y eclesial…
Celebraciones conclusivas del Año sacerdotal, en el 150 aniversario del dies
natalis de San Juan María Vianney, que se cerraban con la vigilia de oración en
la plaza de San Pedro la tarde del jueves día 10; emotivos los testimonios,
espléndida la música, cercano el coloquio del Papa con todos nosotros, y
realmente conmovedor el silencio de un plaza abarrotada durante la adoración a
Cristo Eucaristía en la custodia ante la puerta de la Basílica.
Han sido días cansados y calurosos, pero días de un gozo indescriptible, días de
experimentar y vivir la comunión que es obra del Espíritu, comenzando por el
grupo de una treintena larga de sacerdotes de nuestra diócesis encabezados por
el Obispo D. José Manuel, días de fuerte inyección vital y sacerdotal, pero
sobre todo han supuesto una renovada afirmación de nuestro ser sacerdotes hoy,
en el presente momento histórico. A ello nos invitaba en su despedida el Santo
Padre: “Recordad que no hay mayor felicidad en esta tierra que gastar la vida
por la gloria de Dios y el bien de las almas… Vivid hoy, con renovado empuje,
este inmenso don que Jesucristo nos ha confiado”.
¡Gracias, Señor, por tu Amor! ¡Gracias por llamarme a ser sacerdote!






































