Meditación que pronunció el cardenal Marc Ouellet, arzobispo de Québec y
primado de Canadá, el 10 de junio, en el encuentro internacional de sacerdotes
con motivo de la conclusión del Año Sacerdotal en la basílica de San Pablo
Extramuros con el título "Cenáculo: invocación al Espíritu Santo con María, en
comunión fraterna"
* * *
"Pedro,
Juan, Santiago, Andrés, Felipe y Tomás, Bartolomé, Mateo, Santiago, hijo de
Alfeo, Simón el Zelote y Judas, hijo de Santiago. Todos ellos, íntimamente
unidos, se dedicaban a la oración, en compañía de algunas mujeres, de María,
la madre de Jesús" (Hechos 1, 13-14)
Queridos amigos,
El Santo Padre Juan Pablo II amaba particularmente esta escena de los Hechos
de los Apóstoles. Se sumergía literalmente en contemplación, en la conciencia
de pertenecer a este misterio con toda la Iglesia y de modo especial con los
sacerdotes. Desde el Cenáculo de Jerusalén, él les dirigía este mensaje:
Desde este lugar santo me surge espontáneamente pensar en vosotros en las
diversas partes del mundo, con vuestro rostro concreto, más jóvenes o más
avanzados en años, en vuestros diferentes estados de ánimo: para tantos,
gracias a Dios, de alegría y entusiasmo; y para otros, de dolor, cansancio y
quizá de desconcierto. En todos quiero venerar la imagen de Cristo que habéis
recibido con la consagración, el «carácter» que marca indeleblemente a cada
uno de vosotros. Éste es signo del amor de predilección, dirigido a todo
sacerdote y con el cual puede siempre contar, para continuar adelante con
alegría o volver a empezar con renovado entusiasmo, con la perspectiva de una
fidelidad cada vez mayor" (Carta a los sacerdotes, Jueves Santo del año
2000).
Este mensaje formulado en el cenáculo de Jerusalén, la ciudad santa por
excelencia, nos interpela en esta primera basílica mariana de la cristiandad y
en esta hora bendita del Año Sacerdotal. Nos recuerda el amor de predilección
que nos eligió y nos reúne en oración en el cenáculo, como los Apóstoles
permanecieron en oración con María después de la Resurrección, en la espera de
que se cumpliera la promesa del Señor: "Recibiréis la fuerza del Espíritu
Santo que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en
toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra" (Hechos 1, 8).
San Ireneo de Lyón describe esta fuerza del Espíritu que ha atravesado los
siglos:
"El Espíritu de Dios descendió sobre el Señor, Espíritu de sabiduría y de
inteligencia, Espíritu de consejo y de fortaleza, Espíritu de ciencia y de
piedad, Espíritu de temor de Dios. A su vez, el Señor lo ha donado a la
Iglesia, enviando al Paráclito sobre toda la tierra desde el cielo, que fue de
donde dijo el Señor que había sido arrojado Satanás como un rayo" (Contra
las herejías).
El día de mi ordenación sacerdotal, después de la imposición de manos, yo
quedé impresionado por una palabra de San Pablo para el resto de mis días:
"Esto no quiere decir que haya alcanzado la meta ni logrado la perfección,
pero sigo mi carrera con la esperanza de alcanzarla, habiendo sido yo mismo
alcanzado por Cristo Jesús" (Fil. 3, 12). Ordenado sacerdote en 1968, comencé
mi ministerio en una atmósfera de contestación general que habría podido hacer
desviar o incluso interrumpir mi carrera, como ocurrió en aquel período para
muchos sacerdotes y religiosos. La experiencia misionera, la amistad
sacerdotal y la cercanía de los pobres me ayudaron a sobrevivir
a la agitación de los años postconciliares.
Hoy somos testigos de la irrupción de una ola de contestación sin precedentes
sobre la Iglesia y el sacerdocio, tras la revelación de escándalos de los que
debemos reconocer la gravedad y reparar con sinceridad las consecuencias. Pero
más allá de las necesarias purificaciones merecidas por nuestros pecados,
también hay que reconocer en el momento presente una abierta oposición a
nuestro servicio de la verdad y también los ataques desde el exterior y desde
el interior que buscan dividir a la Iglesia. Nosotros rezamos juntos por la
unidad de la Iglesia y por la santificación de los sacerdotes, estos heraldos
de la Buena Noticia de la salvación.
En el auténtico espíritu del Concilio Vaticano II, nos recogemos en la escucha
de la Palabra de Dios, como los padres conciliares que nos han dado la
Constitución Dei Verbum: "Os anunciamos la vida eterna, que estaba en
el Padre y se nos manifestó: lo que hemos visto y oído os lo anunciamos a
vosotros, a fin de que viváis también en comunión con nosotros, y esta
comunión nuestra sea con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (1 Jn.1,
2-3).
Queridos amigos, una gran figura sacerdotal nos acompaña y nos guía en esta
meditación, el santo Cura de Ars, declarado patrono de todos los sacerdotes,
por la gracia de Dios y la sabiduría de la Iglesia.
San Juan María Vianney confesó a la Francia arrepentida, desgarrada y
atormentada por la Revolución y de lo que allí surgió. Fue un sacerdote
ejemplar y un pastor lleno de celo. Puso la oración en el corazón de la vida
sacerdotal. "Nosotros nos habíamos hecho indignos de orar, pero Dios, por su
bondad, nos ha permitido hablar con Él. Nuestra oración es el incienso que más
le agrada". "Oh Dios mío, si mi lengua no pudiera decir que te amo en cada
instante, quiero que mi corazón te lo repita tantas veces cuantas respiro".
Estamos aquí, en gran número, en esta Basílica, con María, madre de Jesús y
madre nuestra. Juntos "adoramos al Padre en espíritu y en verdad por la
mediación del Hijo que hace descender sobre el mundo, de parte del Padre, las
bendiciones celestiales" (San Cirilo de Alejandría). A través de la fe,
estamos unidos a todos los sacerdotes del mundo en comunión fraterna, bajo la
guía de nuestro Santo Padre el Papa Benedicto XVI, a quien agradecemos desde
lo profundo del corazón por haber convocado este Año Sacerdotal.
El misterio del sacerdocio
La Iglesia Católica cuenta hoy con 408.024 sacerdotes distribuidos en los
cinco continentes. 400.000 sacerdotes: es mucho y es poco para más de mil
millones de católicos. 400.000 sacerdotes y, sin
embargo, un solo Sacerdote, Jesucristo, el único medidador de la Nueva
Alianza, aquel que presentó "súplicas y plegarias, con fuertes gritos y
lágrimas, a Aquel que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su
humilde sumisión" (Heb. 5, 7).
A causa de la desobediencia, el hombre pecador ha perdido desde los orígenes
la gracia de la filiación divina. Es por eso que los hombres nacen privados de
la gracia original. Era necesario que esta gracia fuese restaurada por la
obediencia de Jesucristo: "Aunque era Hijo de Dios, aprendió por medio de sus
propios sufrimientos qué significa obedecer. De este modo, él alcanzó la
perfección y llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le
obedecen, porque Dios lo proclamó Sumo Sacerdote según el orden de
Melquisedec" (Heb 5).
Este único y gran Sacerdote está en la cima del calvario como un nuevo Moisés,
sosteniendo el combate de las fuerzas del amor contra las fuerzas del mal. Con
los brazos clavados a la cruz de nuestras iglesias, pero los ojos abiertos
como el crucifijo de San Damián, Él pronuncia sobre la Iglesia, sobre el mundo
y sobre el universo entero, la gran Epíclesis.
Luego, en cada Eucaristía, la inmensa epíclesis de Pentecostés escucha y
corona la invocación de la cruz. Cristo, con los brazos extendidos entre cielo
y tierra, recoge todas las miserias y todas las intenciones del mundo. Él
transforma en ofrenda agradable todo el dolor, todos los rechazos y todas las
esperanzas del mundo. En un único Acto de Amor infinito, Él presenta al Padre
el trabajo de los hombres, los sufrimientos de la humanidad y los bienes de la
tierra. En Él, "todo está cumplido". El sacrificio de amor del Hijo satisface
todas las exigencias de amor de la Nueva Alianza. Su descenso a los infiernos,
hasta las profundidades extremas de la noche, hace resonar la Palabra de Dios,
la Palabra del Padre, que proclama hasta los confines del universo: "Tú eres
mi Hijo muy amado, en ti tengo puesta toda mi predilección" (Mc 1, 11).
De este modo, el Padre responde a la oración del Hijo: "Padre, glorifícame
junto a ti, con la gloria que yo tenía contigo antes que el mundo existiera" (Jn
17, 5). No pudiendo negar nada a su Hijo, el Padre hace descender sobre él el
don último de la gloria, el don del Espíritu Santo, según la palabra de san
Juan Evangelista y la interpretación que da de ella san Gregorio de Nisa.
De aquí el Evangelio de Dios proclamado por Pablo a los Romanos, "acerca de su
Hijo, Jesucristo, nuestro Señor, nacido de la estirpe de David según la carne,
y constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu santificador por su
resurrección de entre los muertos" (Rm 1, 3-4). Resurrección de Cristo:
revelación suprema del misterio del Padre, confirmación de la gloria del Hijo,
fundamento de la creación y de la salvación.
La Iglesia de Dios lleva este Evangelio de Dios a todo el mundo desde sus
orígenes, en el poder del Espíritu Santo. De esto, nosotros somos testigos.
Queridos hermanos sacerdotes, la Iglesia es el sacramento de la salvación. En
ella, nosotros somos el sacramento de este gran Sacerdote de los bienes
presentes y futuros. Hemos nacido del intercambio de amor entre las Personas
divinas y el Cristo-Sacerdote ha puesto sobre nosotros su celestial y gloriosa
impronta. Habitados y poseídos por Él, elevamos a Dios Padre la súplica y el
grito de la humanidad sufriente. Por Él, con Él y en Él, en comunión con el
pueblo de Dios, reconocemos el misterio que nos es propio y damos gracias a
Dios.
400.000 sacerdotes y, sin embargo, un único Sacerdote. Por el poder del
Espíritu Santo, el Resucitado une a sí ministros de su Palabra y de su
ofrenda. Por medio nuestro, Él permanece presente como el primer día y aún más
que en el primer día ya que ha prometido que nosotros haríamos cosas más
grandes. Cristo iba al encuentro de sus hermanos y sus hermanas caminando
hacia la Cruz. Nosotros, sus ministros, vamos hacia nuestros hermanos y
hermanas en su Nombre y en su poder de Resucitado. Nosotros estamos aferrados
a Cristo, plenitud de la Palabra, y enviados por todos los caminos del mundo
sobre las alas del Espíritu.
"Por lo tanto - escribe Benedicto XVI -, el sacerdote que actúa in persona
Christi Capitis y en representación del Señor, no actúa nunca en nombre de
un ausente, sino en la Persona misma de Cristo resucitado, que se hace
presente con su acción realmente eficaz" (Audiencia general, 14 de
abril de 2010).
El Espíritu Santo garantiza nuestra unidad de ser y de obrar con el Único
Sacerdote, aunque sigamos siendo 400.000. Él es quien hace de la multitud una
sola grey, un solo Pastor. Ya que si el sacramento del sacerdocio es
multiplicado, el misterio del sacerdocio permanece único e idéntico, como las
hostias consagradas son múltiples pero único e idéntico es el Cuerpo del Hijo
de Dios presente en ellas.
Benedicto XVI señala las consecuencias espirituales y pastorales de esta
unidad: "Para el sacerdote vale lo que Cristo dijo de sí mismo: «Mi doctrina
no es mía» (Jn 7, 16); es decir, Cristo no se propone a sí mismo, sino
que, como Hijo, es la voz, la Palabra del Padre. También el sacerdote siempre
debe hablar y actuar así: «Mi doctrina no es mía, no propago mis ideas o lo
que me gusta, sino que soy la boca y el corazón de Cristo, y hago presente
esta doctrina única y común, que ha creado a la Iglesia universal y que crea
vida eterna»" (Audiencia general, 14 de abril de 2010).
Que nosotros podamos, queridos amigos, conservar una conciencia viva de
actuar in persona Christi, en la unidad de la Persona de Cristo. Sin
esto, el alimento que ofrecemos a los fieles pierde el gusto del misterio y la
sal de nuestra vida sacerdotal se vuelve insípida. Que nuestra vida conserve
el sabor del misterio y, por eso, sea en primer lugar una amistad con Cristo:
"Pedro, ¿me amas? Apacienta mis ovejas" (Jn. 21, 15). Vivida en este amor, la
misión del sacerdote de apacentar las ovejas será entonces realizada en el
Espíritu del Señor y en la unidad con el Sucesor de Pedro.
El Espíritu Santo, la Virgen María y la Iglesia
Busquemos ahora el secreto y desconocido fundamento de la santidad sacerdotal
allí donde convergen todos los misterios del sacerdocio: en la intimidad
espiritual de la Madre del Hijo en la que reina el Espíritu de Dios.
Sobre las agua de la creación primordial, el Espíritu aletea y hace surgir el
orden y la vida. El salmista se hace eco de esta maravilla cantando: "Oh
Señor, nuestro Dios, ¡qué admirable es tu nombre en toda la tierra!" (Sal 8,
2). A lo largo de toda la historia de la salvación, el Espíritu desciende
sobre patriarcas y profetas, reuniendo al Pueblo elegido en torno a la Promesa
y a las "diez Palabras" de la Alianza. El profeta Isaías se hace eco de esta
historia santa: "¡Qué hermosos son sobre las montañas los pasos del que trae
la buena noticia!" (Is 52, 7).
En la casa de Nazareth, el Espíritu cubre a la Virgen con su sombra para que
dé a luz al Mesías. María adhiere con todo su ser: "Hágase en mí según tu
palabra" (Lc 1, 38). Ella acompaña al Verbo encarnado en el curso de su vida
terrena; camina con Él en la fe, a menudo sin comprender, sin dejar nunca de
otorgar el asentimiento sin condiciones y sin límites que había dado de una
vez para siempre al Ángel de la Anunciación.
Bajo la cruz está de pie, en silencio, aceptando sin comprender la muerte de
su Hijo, asistiendo dolorosamente a la muerte de la Palabra de vida que había
dado a luz.
El Espíritu la tiene en este sí "nupcial" que desposa el destino del Cordero
inmolado. La Virgen de los dolores es la Esposa del Cordero. En ella y por
ella, toda la Iglesia es asociada al sacrificio del Redentor. En ella y por
ella, en la unidad del Espíritu, toda la Iglesia es bautizada en la muerte de
Cristo y participa en su resurrección.
Estamos aquí con ella en el cenáculo, nosotros, sacerdotes de la Nueva
Alianza, nacidos de su maternidad espiritual y animados por la fe en la
victoria de la Palabra sobre la muerte y el infierno. Estamos aquí para
implorar con un solo corazón la venida del Reino de Dios, la revelación de los
hijos de Dios y la glorificación de todas las cosas en Dios (cfr. Rm 8,
19).
Nuestra santidad sacerdotal en y con Cristo está envuelta en la unidad de la
Madre y del Hijo, en la unión indisoluble del Cordero inmolado y de la Esposa
del Cordero. No olvidemos que la sangre redentora del Sumo Sacerdote proviene
del seno inmaculado de María que le ha dado vida y que se ofrece con Él. Esta
sangre purísima nos purifica, esta sangre de Cristo "que por obra del Espíritu
eterno se ofreció sin mancha a Dios" (Heb 9, 14).
"Todas las buenas obras juntas - escribe el Cura de Ars - no son comparables
al Sacrificio de la Misa, porque son obras de hombres, mientras la Santa Misa
es obra de Dios. El martirio no es nada en comparación: es el sacrificio que
el hombre hace de su vida a Dios; pero la Misa es el Sacrificio que Dios
ofrece al hombre de Su Cuerpo y de Su Sangre"
La grandeza y la santidad del sacerdote derivan de esta obra divina. Nosotros
no ofrecemos a Dios una obra humana; nosotros ofrecemos Dios a Dios. "¿Cómo
puede ser esto?", podríamos preguntar con María, haciéndonos eco de la
pregunta que ella hizo al Ángel. "Nada es imposible para Dios" (Lc 1, 37) fue
la respuesta dada a la Virgen con el signo tangible de la fecundidad de
Isabel. Recibamos y hagamos nuestra esta respuesta, con María, para que "no
vivamos ya para nosotros mismos sino para Él, que por nosotros murió y
resucitó" (Plegaria Eucarística IV). "Nada es imposible para Dios". El
Evangelio nos dice en otro punto: "Todo es posible para el que cree" (Mc. 9,
23).
"Los sacerdotes están en una relación de especial alianza con la santísima
Madre de Dios - escribe San Juan Eudes -. Así como el eterno Padre la ha hecho
partícipe de su divina paternidad, del mismo modo dona a los sacerdotes formar
a este mismo Jesús en la santa Eucaristía y en el corazón de los fieles. Así
como el Hijo la ha hecho cooperadora en la obra de la redención del mundo, así
los sacerdotes son sus cooperadores en la obra de la
salvación de las almas. Así como el Espíritu Santo la ha asociado en aquella
obra maestra que es el misterio de la Encarnación, así se asocia a los
sacerdotes para una continuación de este misterio en cada cristiano mediante
el bautismo...".
Virgen María, Mater misericordiae, vita, dulcedo et spes nostra, salve! En
tu santa compañía, Madre de misericordia, nosotros bebemos de la fuente del
amor. Nuestros corazones sedientos y nuestras almas inquietas tienen acceso, a
través de ti, a la habitación nupcial de la Nueva
Alianza. "He aquí que los sacerdotes, al poseer una alianza tan estrecha y una
conformidad tan maravillosa con la Madre del supremo Sacerdote - añade San
Juan Eudes -, tienen vínculos especialísimos de amor hacia ella, de honrarla y
de revestirse de sus virtudes y sus disposiciones. Entrad en el deseo de
tender a esto con todo vuestro corazón. Ofrecéos a ella y pedidle que os ayude
con fuerza".
Epíclesis sobre el mundo
"Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: «Dame de beber», tú
misma se lo hubieras pedido, y él te habría dado agua viva" (Jn. 4, 10). El
Espíritu del Señor es un agua viva, un soplo vital, pero es también un fuerte
viento que sacude la casa, una alegre paloma portadora de paz, un fuego que
arde, una luz que rompe las tinieblas, una energía creadora que cubre con su
sombra a la Iglesia.
De un extremo al otro de las Sagradas Escrituras, el Dios de la Alianza se
revela como un Esposo que quiere donar todo y donarse a sí mismo, a pesar de
los límites y los errores de la humanidad pecadora, su Esposa. El Dios celoso
y humillado no se cansa de buscar a la esposa vagabunda e idólatra hasta el
día bendito de las bodas del Cordero. Es por eso que la esperanza del don de
Dios nunca falla: "El Espíritu y la Esposa dicen: « ¡Ven!», y el que escucha
debe decir: « ¡Ven!». Que venga el que tiene sed, y el que quiera, que beba
gratuitamente del agua de la vida" (Ap 22, 17).
Sí, Padre, nosotros te damos gracias porque Tú ya derramas tu agua viva sobre
la tierra en el corazón de los más pobres entre los pobres, gracias a la
incansable dedicación de todas estas almas consagradas que hacen de su
existencia un sacramento de tu amor gratuito.
Oh, Padre de todas las gracias, por la luz inaccesible en la que habitas y en
la que somos introducidos por el Espíritu, con Jesús y María, nosotros te
pedimos consumirnos en la unidad consagrándonos en la verdad.
Infunde tu Espíritu Santo sobre nosotros y sobre toda carne, el Espíritu de
verdad que regenera la fe, el Espíritu de libertad que resucita la esperanza,
el Espíritu de amor que hace a la Iglesia santa, creíble, atrayente y
misionera.
¡Venga tu Reino! Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. Tu voluntad
salvífica realizada en tu Hijo crucificado y glorificado se realice también en
nosotros, sacerdotes de la Nueva Alianza, y en las almas confiadas a nuestro
ministerio.
"Con el Espíritu Santo - escribe san Basilio el Grande - llega nuestra
readmisión al Paraíso, el retorno a la condición de hijos, la audacia de
llamar a Dios Padre, el llegar a ser partícipes de la gracia de Cristo, el ser
llamados hijos de la luz, el compartir la gloria eterna".
"Si, por lo tanto, queréis vivir del Espíritu Santo - escribe san Agustín -,
conservad la caridad, amad la verdad, desead la unidad, y alcanzaréis la
eternidad".
Nosotros, pobres pecadores, llevamos dentro las heridas de la humanidad
desgarrada por los crímenes, por las guerras y por las tragedias. Nosotros
confesamos los pecados del mundo en su crudeza y en su miseria con Jesús
crucificado, convencidos de que la gracia y la verdad hacen libres. Nosotros
confesamos los pecados en la Iglesia, sobre todo aquellos que son motivo de
escándalo y de alejamiento de los fieles y de aquellos que no creen.
Por encima de todo, nosotros confesamos, Señor, tu Amor y tu Misericordia que
se irradia desde tu corazón eucarístico y por la absolución de los pecados que
nosotros damos a los fieles.
El Santo Padre nos los ha recordado abundantemente en todo el desarrollo de
este Año Sacerdotal:
"Queridos sacerdotes, ¡qué extraordinario ministerio nos ha confiado el Señor!
Como en la celebración eucarística él se pone en manos del sacerdote para
seguir estando presente en medio de su pueblo, de forma análoga en el
sacramento de la Reconciliación se confía al sacerdote para que los hombres
experimenten el abrazo con el que el padre acoge al hijo pródigo,
restituyéndole la dignidad filial y la herencia (cf. Lc 15, 11-32)". (Discurso
a los participantes en un curso sobre fuero interno, 10 de marzo de 2010).
San Juan María Vianney nos lo repite a su manera:
"El buen Dios lo sabe todo. Antes incluso de que se lo confeséis, sabe ya que
pecaréis nuevamente y sin embargo os perdona. ¡Qué grande es el amor de
nuestro Dios que le lleva incluso a olvidar voluntariamente el futuro, con tal
de perdonarnos!"
En el altar del Sacrificio, en unión con María, ofrecemos a Cristo al Padre y
nos ofrecemos nosotros mismos con Él. Somos conscientes, queridos amigos, de
que al celebrar la Eucaristía no realizamos una obra humana sino que ofrecemos
Dios a Dios. ¿Cómo puede ser esto?, se podría objetar. Es posible
mediante la fe, ya que la fe nos da a Dios. La fe nos da también a Dios. De
alguna manera, nosotros disponemos de Dios como Él dispone de nosotros. Aquel
que los filósofos designan como el Totalmente Otro y el Inaccesible por
excelencia ha querido nacer y vivir entre nosotros, hombre entre los hombres,
en virtud de una Sabiduría que es escándalo para los judíos y locura para los
paganos (cfr. 1 Cor 1, 23). En su divina compañía, nos asemejamos a
veces a niños despreocupados y rebeldes que se acercan a tesoros, prontos a
derrocharlos como si nada fuese.
¡Qué abismo es el misterio del sacerdocio! ¡Qué maravillas el sacerdocio común
de los bautizados y el sacerdocio ministerial! Estos misterios sacramentales
remiten finalmente al misterio del Dios uno y trino. La ofrenda sacrificial de
Cristo redentor es, en el fondo, la eterna Eucaristía del Hijo que responde al
Amor del Padre en nombre de toda la creación. Nosotros estamos asociados a
este misterio por el Espíritu de nuestro bautismo que nos hace partícipes de
la naturaleza divina (2 Pe. 1, 4). El Espíritu hace que los bautizados vivan
de la filiación divina y que los sacerdotes resplandezcan por la paternidad
divina; los dos se unen en una común epíclesis que irradia sobre el mundo la
alegría del Espíritu. "Para que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y
yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros, para que el mundo crea que
tú me enviaste" (Jn. 17, 21).
Reunidos en el Cenáculo, invocando al Espíritu Santo con María, en comunión
fraterna, oramos por la unidad de la Iglesia. El escándalo permanente de la
división de los cristianos, las recurrentes tensiones entre clérigos, laicos y
religiosos, la laboriosa armonización de los carismas, la urgencia de una
nueva evangelización, todas estas realidades piden sobre la iglesia y sobre el
mundo un nuevo Pentecostés.
Un nuevo Pentecostés, en primer lugar, sobre los obispos y sus sacerdotes para
que el Espíritu de santidad recibido con la ordenación produzca en ellos
nuevos frutos, en el espíritu auténtico del Concilio Vaticano II. El decreto Presbyterorum
Ordinis ha definido la santidad sacerdotal partiendo de la caridad
pastoral y de las exigencias de unidad del presbyterium:
"La caridad pastoral exige que los presbíteros, para no correr en vano,
trabajen siempre en vínculo de unión con los obispos y con otros hermanos en
el sacerdocio. Obrando así hallarán los presbíteros la unidad de la propia
vida en la misma unidad de la misión de la Iglesia, y de esta suerte se unirán
con su Señor, y por El con el Padre, en el Espíritu Santo, a fin de llenarse
de consuelo y de rebosar de gozo" (PO 14).
Actualmente, como en los orígenes de la Iglesia, los desafíos de la
evangelización están acompañados por la prueba de las persecuciones.
Recordemos que la credibilidad de los discípulos de Cristo se mide en el amor
recíproco que les permite convencer al mundo (cfr. Jn. 13, 35; Jn. 16, 8).
"Más aún - dice san Pablo a los Romanos -, nos gloriamos hasta de las mismas
tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la
constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza. Y la esperanza
no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros
corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado" (Rom. 5, 3-5).
Acción de gracias Trinitaria
Queridos amigos, demos gracias a Dios por el don insigne del sacerdocio de la
Nueva Alianza. Desde el momento en que somos asociados al sacrificio del
Cordero inmolado, nosotros entramos en contacto con la plenitud de la fe que
abre los misterios de la vida eterna. Junto con María dejémonos llevar por el
Espíritu con el coro de los ángeles en la alabanza de la gloria del Dios tres
veces santo. "Que Él nos transforme en ofrenda permanente" (Plegaria
Eucarística III).
"Te amo, Oh infinitamente amoroso Dios, y prefiero morir amándote que vivir un
instante sin Ti". San Juan María Vianney, patrono de todos los sacerdotes, nos
guíe en el seguimiento de Cristo por el camino de la intimidad con el Padre en
el gozo del Espíritu Santo, nos conserve en la alegría del servicio de Dios.
Siguiendo su ejemplo, amemos a Dios con todo nuestro corazón en la unidad del
Espíritu Santo y amemos también a la Iglesia que es su morada en la tierra:
"Recibimos también nosotros - escribe san Agustín - el Espíritu Santo si
amamos a la Iglesia, si somos compañeros en la caridad, si nos alegramos de
poseer el nombre de católico y la fe católica. Creedlo, hermanos: en la medida
en que uno ama a la Iglesia, posee el Espíritu Santo".
El Siervo de Dios Juan Pablo II resumía en dos palabras su existencia
sacerdotal en el seguimiento de Cristo: Don y Misterio. Don de Dios,
Misterio de comunión. Sus grandes brazos abiertos para abrazar al mundo entero
permanecen grabados en nuestra memoria. Son para nosotros el ícono de Cristo,
Sacerdote y Pastor, remitiendo sin cesar nuestro espíritu a lo esencial, el
Cenáculo, donde los Apóstoles con María esperan y reciben el Espíritu Santo,
en la alegría y en la alabanza, en nombre de la humanidad entera. ¡Amén!
