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NOTICIAS DE LA PARROQUIA |
23/septiembre/2010 - DOS NUEVOS BEATOS EN ESPAÑA

En
el espacio justo de una semana han sido proclamados beatos en España dos
andaluces: Fray Leopoldo de Alpandeire, franciscano capuchino, en
Granada, muerto en el año 1956; y Sor María de
la Purísima
de la Cruz,
de las Hermanas de la Cruz, muerta hace 11 años, en 1999, en Sevilla. Los
dos, en su grandísima sencillez, pequeñez y humildad, son dos grandes gigantes
del espíritu, dos discípulos de Jesucristo, que se tomaron muy en serio seguirle
radicalmente por la senda de las bienaventuranzas, de la negación de sí mismos,
de la caridad, del servicio y de la cruz.
No es casual que en estos momentos concretos que vivimos hayan acontecido estas
dos beatificaciones: ambos nos hacen mirar a Dios, descubrir la verdad y la
grandeza de ser hombres, ver y palpar el verdadero arte de vivir, la gran
novedad y la belleza de una vida admirable y dichosa como la suya, en medio de
un mundo que, empeñado en el cambio hacia una sociedad nueva, no es capaz de
ofrecer esperanza, llenar de sentido la vida, renovar el tejido social, alegrar
y saciar el corazón del hombre. No es casual que en estos tiempos de crisis, la
bondad de Dios salga a nuestro encuentro proponiéndonos estos dos modelos para
la humanidad que nos ofrecen el testimonio alegre de la caridad, del amor total
a Dios y sin reserva alguna a los demás, singularmente de los más pobres y de
los que sufren. No es casual que, ahora precisamente, Dios nos proponga a unos
santos y que el pueblo de la esperanza los aclame porque ve en ellos el camino y
la puerta abierta al gran futuro y a una historia que tiene futuro: el de la
verdad en la caridad.
Los santos son, de manera eminente testigos del Dios vivo, hombres y mujeres de
Dios, «amigos fuertes» suyos, presencia testificante de Jesucristo entre los
hombres y de su victoria sobre la muerte, la mentira y el desamor, manifestación
de su rostro y de la vida nueva de las Bienaventuranzas, testimonio real y
cercano de la novedad del Evangelio de la caridad y de la esperanza a la que
estamos llamados, hechura de Dios y de su gracia, obra acabada en quienes
podemos palpar y ver la humanidad nueva obra del Espíritu. La santidad, que es
seguimiento fiel de Jesucristo, no merma en nada la plenitud de nuestras vidas,
al contrario, la multiplica, la ensancha hasta abrazar con nuestro amor los
confines del mundo. Los santos son así luz de vida y esperanza para la sociedad.
¡Qué cota tan alta y deseable de humanidad alcanzaron el Beato Fr. Leopoldo
-hijo de san Francisco, el pobre de Asís- y Madre María de la Purísima de la
Cruz -hija y continuadora de la gran santa de la caridad, Sor Ángela de la
Cruz-!¡Qué sabiduría la suya! ¡Qué libertad tan grande! ¡No tenían nada, pero lo
tenía Todo: tenían a Dios, que es Amor y hace vivir la vida con confianza y amor
que comparte y cuida! ¡Cómo nos alumbran e iluminan! Y eran tan sencillos, tan
sin letras, como Fr. Leopoldo, pero tan grandes en el amor, tan libres para
amar, tan verdaderos en el amor, tan sabios con una sabiduría que supera a la de
los sabios y entendidos de este mundo.
Los santos, por ser testigos singulares de Dios, son, por lo mismo, testigos de
la caridad que no tiene límites y de la entrega servicial a los hombres
recorriendo el camino que Cristo recorrió: el camino de las Bienaventuranzas,
retrato que Jesús nos dejó de sí mismo, dibujo de su rostro y descripción
concreta de su infinita caridad, y de su ilimitada y filial confianza en Dios,
obra acabada de verdadera humanidad. La Iglesia santa hecha de santos dará a
conocer a Jesucristo, origen y meta de una humanidad nueva y verdadera. Sólo la
vida santa conduce a la experiencia viva del Evangelio del Reino de Dios; sólo
con santos será creíble, visible y «seguible» el Evangelio. Una Iglesia de
santos podrá renovar el mundo, reavivará la vitalidad de los cristianos y sus
comunidades con capacidad para meter dentro de nuestra historia la semilla del
Evangelio que hace surgir una humanidad nueva hecha de hombres y mujeres nuevos;
una Iglesia de santos podrá dar esperanza a esta humanidad tan necesitada de
ella. La floración de santos ha sido siempre la mejor respuesta de la Iglesia a
los tiempos difíciles. Así también la Iglesia aparece con su rostro más
atrayente, hermoso y joven, capaz de entusiasmar, porque se muestra como lo que
es: vivo testimonio de Jesucristo, esperanza para los hombres, lleno de vida y
de verdad.
España está siendo muy agraciada por la santidad. Reconozco que me impresiona
mucho esta floración de santidad en tiempos recientes, y me provoca asombro y
admiración el que en sólo un año ha sido canonizado un santo español -San Rafael
Arnaiz- y beatificado seis nuevos beatos de nuestra España. Algo, mucho, nos
está diciendo Dios a este gran pueblo que es España. Dios nos dice: «¡No tengáis
miedo!». Dios abre y nos llama, sin duda, a una gran esperanza, en estos tiempos
tan difíciles en los que nos encontramos. Dios tiene cuidado de nosotros, no nos
deja; nos convoca y nos muestra el camino: el de los santos, que no es otro que
el de la caridad en la verdad, y la verdad en la caridad. Ese es el gran cambio
que necesitamos, no nos empeñemos en otro, no busquemos otro distinto al que se
nos ofrece: el de Dios, el de la revolución de Dios, el de la humildad, la
confianza y el amor suyo en nosotros. ¡España, ése es tu camino!
Cardenal Antonio CAÑIZARES
LA RAZON