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24/noviembre/2010 - MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI PARA LA XXVI JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD 2011

“Arraigados y edificados en
Cristo, firmes en la fe”(cf. Col 2, 7)
Queridos amigos
Pienso con frecuencia en la Jornada Mundial de la Juventud de Sydney, en el
2008. Allí vivimos una gran fiesta de la fe, en la que el Espíritu de Dios actuó
con fuerza, creando una intensa comunión entre los participantes, venidos de
todas las partes del mundo. Aquel encuentro, como los precedentes, ha dado
frutos abundantes en la vida de muchos jóvenes y de toda la Iglesia. Nuestra
mirada se dirige ahora a la próxima Jornada Mundial de la Juventud, que tendrá
lugar en Madrid, en el mes de agosto de 2011. Ya en 1989, algunos meses antes de
la histórica caída del Muro de Berlín, la peregrinación de los jóvenes hizo un
alto en España, en Santiago de Compostela. Ahora, en un momento en que Europa
tiene que volver a encontrar sus raíces cristianas, hemos fijado nuestro
encuentro en Madrid, con el lema: «Arraigados y edificados en Cristo, firmes en
la fe» (cf. Col 2, 7). Os invito a este evento tan importante para la Iglesia en
Europa y para la Iglesia universal. Además, quisiera que todos los jóvenes,
tanto los que comparten nuestra fe, como los que vacilan, dudan o no creen,
puedan vivir esta experiencia, que puede ser decisiva para la vida: la
experiencia del Señor Jesús resucitado y vivo, y de su amor por cada uno de
nosotros.
1. En las fuentes de vuestras
aspiraciones más grandes
En cada época, también en nuestros días, numerosos jóvenes sienten el profundo
deseo de que las relaciones interpersonales se vivan en la verdad y la
solidaridad. Muchos manifiestan la aspiración de construir relaciones auténticas
de amistad, de conocer el verdadero amor, de fundar una familia unida, de
adquirir una estabilidad personal y una seguridad real, que puedan garantizar un
futuro sereno y feliz. Al recordar mi juventud, veo que, en realidad, la
estabilidad y la seguridad no son las cuestiones que más ocupan la mente de los
jóvenes. Sí, la cuestión del lugar de trabajo, y con ello la de tener el
porvenir asegurado, es un problema grande y apremiante, pero al mismo tiempo la
juventud sigue siendo la edad en la que se busca una vida más grande. Al pensar
en mis años de entonces, sencillamente, no queríamos perdernos en la mediocridad
de la vida aburguesada. Queríamos lo que era grande, nuevo. Queríamos encontrar
la vida misma en su inmensidad y belleza. Ciertamente, eso dependía también de
nuestra situación. Durante la dictadura nacionalsocialista y la guerra,
estuvimos, por así decir, “encerrados” por el poder dominante. Por ello,
queríamos salir afuera para entrar en la abundancia de las posibilidades del ser
hombre. Pero creo que, en cierto sentido, este impulso de ir más allá de lo
habitual está en cada generación. Desear algo más que la cotidianidad regular de
un empleo seguro y sentir el anhelo de lo que es realmente grande forma parte
del ser joven. ¿Se trata sólo de un sueño vacío que se desvanece cuando uno se
hace adulto? No, el hombre en verdad está creado para lo que es grande, para el
infinito. Cualquier otra cosa es insuficiente. San Agustín tenía razón: nuestro
corazón está inquieto, hasta que no descansa en Ti. El deseo de la vida más
grande es un signo de que Él nos ha creado, de que llevamos su “huella”. Dios es
vida, y cada criatura tiende a la vida; en un modo único y especial, la persona
humana, hecha a imagen de Dios, aspira al amor, a la alegría y a la paz.
Entonces comprendemos que es un contrasentido pretender eliminar a Dios para que
el hombre viva. Dios es la fuente de la vida; eliminarlo equivale a separarse de
esta fuente e, inevitablemente, privarse de la plenitud y la alegría: «sin el
Creador la criatura se diluye» (Con. Ecum. Vaticano. II, Const. Gaudium et Spes,
36). La cultura actual, en algunas partes del mundo, sobre todo en Occidente,
tiende a excluir a Dios, o a considerar la fe como un hecho privado, sin ninguna
relevancia en la vida social. Aunque el conjunto de los valores, que son el
fundamento de la sociedad, provenga del Evangelio –como el sentido de la
dignidad de la persona, de la solidaridad, del trabajo y de la familia–, se
constata una especie de “eclipse de Dios”, una cierta amnesia, más aún, un
verdadero rechazo del cristianismo y una negación del tesoro de la fe recibida,
con el riesgo de perder aquello que más profundamente nos caracteriza.
Por este motivo, queridos amigos, os invito a intensificar vuestro camino de fe
en Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo. Vosotros sois el futuro de la
sociedad y de la Iglesia. Como escribía el apóstol Pablo a los cristianos de la
ciudad de Colosas, es vital tener raíces y bases sólidas. Esto es verdad,
especialmente hoy, cuando muchos no tienen puntos de referencia estables para
construir su vida, sintiéndose así profundamente inseguros. El relativismo que
se ha difundido, y para el que todo da lo mismo y no existe ninguna verdad, ni
un punto de referencia absoluto, no genera verdadera libertad, sino
inestabilidad, desconcierto y un conformismo con las modas del momento.
Vosotros, jóvenes, tenéis el derecho de recibir de las generaciones que os
preceden puntos firmes para hacer vuestras opciones y construir vuestra vida,
del mismo modo que una planta pequeña necesita un apoyo sólido hasta que crezcan
sus raíces, para convertirse en un árbol robusto, capaz de dar fruto.
2. Arraigados y
edificados en Cristo
Para poner de relieve la importancia de la fe en la vida de los creyentes,
quisiera detenerme en tres términos que san Pablo utiliza en: «Arraigados y
edificados en Cristo, firmes en la fe» (cf. Col 2, 7). Aquí podemos distinguir
tres imágenes: “arraigado” evoca el árbol y las raíces que lo alimentan;
“edificado” se refiere a la construcción; “firme” alude al crecimiento de la
fuerza física o moral. Se trata de imágenes muy elocuentes. Antes de
comentarlas, hay que señalar que en el texto original las tres expresiones,
desde el punto de vista gramatical, están en pasivo: quiere decir, que es Cristo
mismo quien toma la iniciativa de arraigar, edificar y hacer firmes a los
creyentes.
La primera imagen es la del árbol, firmemente plantado en el suelo por medio de
las raíces, que le dan estabilidad y alimento. Sin las raíces, sería llevado por
el viento, y moriría. ¿Cuáles son nuestras raíces? Naturalmente, los padres, la
familia y la cultura de nuestro país son un componente muy importante de nuestra
identidad. La Biblia nos muestra otra más. El profeta Jeremías escribe: «Bendito
quien confía en el Señor y pone en el Señor su confianza: será un árbol plantado
junto al agua, que junto a la corriente echa raíces; cuando llegue el estío no
lo sentirá, su hoja estará verde; en año de sequía no se inquieta, no deja de
dar fruto» (Jer 17, 7-8). Echar raíces, para el profeta, significa volver a
poner su confianza en Dios. De Él viene nuestra vida; sin Él no podríamos vivir
de verdad. «Dios nos ha dado vida eterna y esta vida está en su Hijo» (1 Jn
5,11). Jesús mismo se presenta como nuestra vida (cf. Jn 14, 6). Por ello, la fe
cristiana no es sólo creer en la verdad, sino sobre todo una relación personal
con Jesucristo. El encuentro con el Hijo de Dios proporciona un dinamismo nuevo
a toda la existencia. Cuando comenzamos a tener una relación personal con Él,
Cristo nos revela nuestra identidad y, con su amistad, la vida crece y se
realiza en plenitud. Existe un momento en la juventud en que cada uno se
pregunta: ¿qué sentido tiene mi vida, qué finalidad, qué rumbo debo darle? Es
una fase fundamental que puede turbar el ánimo, a veces durante mucho tiempo. Se
piensa cuál será nuestro trabajo, las relaciones sociales que hay que
establecer, qué afectos hay que desarrollar… En este contexto, vuelvo a pensar
en mi juventud. En cierto modo, muy pronto tomé conciencia de que el Señor me
quería sacerdote. Pero más adelante, después de la guerra, cuando en el
seminario y en la universidad me dirigía hacia esa meta, tuve que reconquistar
esa certeza. Tuve que preguntarme: ¿es éste de verdad mi camino? ¿Es de verdad
la voluntad del Señor para mí? ¿Seré capaz de permanecerle fiel y estar
totalmente a disposición de Él, a su servicio? Una decisión así también causa
sufrimiento. No puede ser de otro modo. Pero después tuve la certeza: ¡así está
bien! Sí, el Señor me quiere, por ello me dará también la fuerza. Escuchándole,
estando con Él, llego a ser yo mismo. No cuenta la realización de mis propios
deseos, sino su voluntad. Así, la vida se vuelve auténtica.
Como las raíces del árbol lo mantienen plantado firmemente en la tierra, así los
cimientos dan a la casa una estabilidad perdurable. Mediante la fe, estamos
arraigados en Cristo (cf. Col 2, 7), así como una casa está construida sobre los
cimientos. En la historia sagrada tenemos numerosos ejemplos de santos que han
edificado su vida sobre la Palabra de Dios. El primero Abrahán. Nuestro padre en
la fe obedeció a Dios, que le pedía dejar la casa paterna para encaminarse a un
país desconocido. «Abrahán creyó a Dios y se le contó en su haber. Y en otro
pasaje se le llama “amigo de Dios”» (St 2, 23). Estar arraigados en Cristo
significa responder concretamente a la llamada de Dios, fiándose de Él y
poniendo en práctica su Palabra. Jesús mismo reprende a sus discípulos: «¿Por
qué me llamáis: “¡Señor, Señor!”, y no hacéis lo que digo?» (Lc 6, 46). Y
recurriendo a la imagen de la construcción de la casa, añade: «El que se acerca
a mí, escucha mis palabras y las pone por obra… se parece a uno que edificaba
una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida,
arremetió el río contra aquella casa, y no pudo tambalearla, porque estaba
sólidamente construida» (Lc 6, 47-48).
Queridos amigos, construid vuestra casa sobre roca, como el hombre que “cavó y
ahondó”. Intentad también vosotros acoger cada día la Palabra de Cristo.
Escuchadle como al verdadero Amigo con quien compartir el camino de vuestra
vida. Con Él a vuestro lado seréis capaces de afrontar con valentía y esperanza
las dificultades, los problemas, también las desilusiones y los fracasos.
Continuamente se os presentarán propuestas más fáciles, pero vosotros mismos os
daréis cuenta de que se revelan como engañosas, no dan serenidad ni alegría.
Sólo la Palabra de Dios nos muestra la auténtica senda, sólo la fe que nos ha
sido transmitida es la luz que ilumina el camino. Acoged con gratitud este don
espiritual que habéis recibido de vuestras familias y esforzaos por responder
con responsabilidad a la llamada de Dios, convirtiéndoos en adultos en la fe. No
creáis a los que os digan que no necesitáis a los demás para construir vuestra
vida. Apoyaos, en cambio, en la fe de vuestros seres queridos, en la fe de la
Iglesia, y agradeced al Señor el haberla recibido y haberla hecho vuestra.
3. Firmes en la
fe
Estad «arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe» (cf. Col 2, 7). La
carta de la cual está tomada esta invitación, fue escrita por san Pablo para
responder a una necesidad concreta de los cristianos de la ciudad de Colosas.
Aquella comunidad, de hecho, estaba amenazada por la influencia de ciertas
tendencias culturales de la época, que apartaban a los fieles del Evangelio.
Nuestro contexto cultural, queridos jóvenes, tiene numerosas analogías con el de
los colosenses de entonces. En efecto, hay una fuerte corriente de pensamiento
laicista que quiere apartar a Dios de la vida de las personas y la sociedad,
planteando e intentando crear un “paraíso” sin Él. Pero la experiencia enseña
que el mundo sin Dios se convierte en un “infierno”, donde prevalece el egoísmo,
las divisiones en las familias, el odio entre las personas y los pueblos, la
falta de amor, alegría y esperanza. En cambio, cuando las personas y los pueblos
acogen la presencia de Dios, le adoran en verdad y escuchan su voz, se construye
concretamente la civilización del amor, donde cada uno es respetado en su
dignidad y crece la comunión, con los frutos que esto conlleva. Hay cristianos
que se dejan seducir por el modo de pensar laicista, o son atraídos por
corrientes religiosas que les alejan de la fe en Jesucristo. Otros, sin dejarse
seducir por ellas, sencillamente han dejado que se enfriara su fe, con las
inevitables consecuencias negativas en el plano moral.
El apóstol Pablo recuerda a los hermanos, contagiados por las ideas contrarias
al Evangelio, el poder de Cristo muerto y resucitado. Este misterio es el
fundamento de nuestra vida, el centro de la fe cristiana. Todas las filosofías
que lo ignoran, considerándolo “necedad” (1 Co 1, 23), muestran sus límites ante
las grandes preguntas presentes en el corazón del hombre. Por ello, también yo,
como Sucesor del apóstol Pedro, deseo confirmaros en la fe (cf. Lc 22, 32).
Creemos firmemente que Jesucristo se entregó en la Cruz para ofrecernos su amor;
en su pasión, soportó nuestros sufrimientos, cargó con nuestros pecados, nos
consiguió el perdón y nos reconcilió con Dios Padre, abriéndonos el camino de la
vida eterna. De este modo, hemos sido liberados de lo que más atenaza nuestra
vida: la esclavitud del pecado, y podemos amar a todos, incluso a los enemigos,
y compartir este amor con los hermanos más pobres y en dificultad.
Queridos amigos, la cruz a menudo nos da miedo, porque parece ser la negación de
la vida. En realidad, es lo contrario. Es el “sí” de Dios al hombre, la
expresión máxima de su amor y la fuente de donde mana la vida eterna. De hecho,
del corazón de Jesús abierto en la cruz ha brotado la vida divina, siempre
disponible para quien acepta mirar al Crucificado. Por eso, quiero invitaros a
acoger la cruz de Jesús, signo del amor de Dios, como fuente de vida nueva. Sin
Cristo, muerto y resucitado, no hay salvación. Sólo Él puede liberar al mundo
del mal y hacer crecer el Reino de la justicia, la paz y el amor, al que todos
aspiramos.
4. Creer en
Jesucristo sin verlo
En el Evangelio se nos describe la experiencia de fe del apóstol Tomás cuando
acoge el misterio de la cruz y resurrección de Cristo. Tomás, uno de los doce
apóstoles, siguió a Jesús, fue testigo directo de sus curaciones y milagros,
escuchó sus palabras, vivió el desconcierto ante su muerte. En la tarde de
Pascua, el Señor se aparece a los discípulos, pero Tomás no está presente, y
cuando le cuentan que Jesús está vivo y se les ha aparecido, dice: «Si no veo en
sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos
y no meto la mano en su costado, no lo creo» (Jn 20, 25).
También nosotros quisiéramos poder ver a Jesús, poder hablar con Él, sentir más
intensamente aún su presencia. A muchos se les hace hoy difícil el acceso a
Jesús. Muchas de las imágenes que circulan de Jesús, y que se hacen pasar por
científicas, le quitan su grandeza y la singularidad de su persona. Por ello, a
lo largo de mis años de estudio y meditación, fui madurando la idea de
transmitir en un libro algo de mi encuentro personal con Jesús, para ayudar de
alguna forma a ver, escuchar y tocar al Señor, en quien Dios nos ha salido al
encuentro para darse a conocer. De hecho, Jesús mismo, apareciéndose nuevamente
a los discípulos después de ocho días, dice a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes
mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino
creyente» (Jn 20, 27). También para nosotros es posible tener un contacto
sensible con Jesús, meter, por así decir, la mano en las señales de su Pasión,
las señales de su amor. En los Sacramentos, Él se nos acerca en modo particular,
se nos entrega. Queridos jóvenes, aprended a “ver”, a “encontrar” a Jesús en la
Eucaristía, donde está presente y cercano hasta entregarse como alimento para
nuestro camino; en el Sacramento de la Penitencia, donde el Señor manifiesta su
misericordia ofreciéndonos siempre su perdón. Reconoced y servid a Jesús también
en los pobres y enfermos, en los hermanos que están en dificultad y necesitan
ayuda.
Entablad y cultivad un diálogo personal con Jesucristo, en la fe. Conocedle
mediante la lectura de los Evangelios y del Catecismo de la Iglesia Católica;
hablad con Él en la oración, confiad en Él. Nunca os traicionará. «La fe es ante
todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e
inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado»
(Catecismo de la Iglesia Católica, 150). Así podréis adquirir una fe madura,
sólida, que no se funda únicamente en un sentimiento religioso o en un vago
recuerdo del catecismo de vuestra infancia. Podréis conocer a Dios y vivir
auténticamente de Él, como el apóstol Tomás, cuando profesó abiertamente su fe
en Jesús: «¡Señor mío y Dios mío!».
5. Sostenidos por
la fe de la Iglesia, para ser testigos
En aquel momento Jesús exclama: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los
que crean sin haber visto» (Jn 20, 29). Pensaba en el camino de la Iglesia,
fundada sobre la fe de los testigos oculares: los Apóstoles. Comprendemos ahora
que nuestra fe personal en Cristo, nacida del diálogo con Él, está vinculada a
la fe de la Iglesia: no somos creyentes aislados, sino que, mediante el
Bautismo, somos miembros de esta gran familia, y es la fe profesada por la
Iglesia la que asegura nuestra fe personal. El Credo que proclamamos cada
domingo en la Eucaristía nos protege precisamente del peligro de creer en un
Dios que no es el que Jesús nos ha revelado: «Cada creyente es como un eslabón
en la gran cadena de los creyentes. Yo no puedo creer sin ser sostenido por la
fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros»
(Catecismo de la Iglesia Católica, 166). Agradezcamos siempre al Señor el don de
la Iglesia; ella nos hace progresar con seguridad en la fe, que nos da la
verdadera vida (cf. Jn 20, 31).
En la historia de la Iglesia, los santos y mártires han sacado de la cruz
gloriosa la fuerza para ser fieles a Dios hasta la entrega de sí mismos; en la
fe han encontrado la fuerza para vencer las propias debilidades y superar toda
adversidad. De hecho, como dice el apóstol Juan: «¿quién es el que vence al
mundo sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?» (1 Jn 5, 5). La victoria
que nace de la fe es la del amor. Cuántos cristianos han sido y son un
testimonio vivo de la fuerza de la fe que se expresa en la caridad. Han sido
artífices de paz, promotores de justicia, animadores de un mundo más humano, un
mundo según Dios; se han comprometido en diferentes ámbitos de la vida social,
con competencia y profesionalidad, contribuyendo eficazmente al bien de todos.
La caridad que brota de la fe les ha llevado a dar un testimonio muy concreto,
con la palabra y las obras. Cristo no es un bien sólo para nosotros mismos, sino
que es el bien más precioso que tenemos que compartir con los demás. En la era
de la globalización, sed testigos de la esperanza cristiana en el mundo entero:
son muchos los que desean recibir esta esperanza. Ante la tumba del amigo
Lázaro, muerto desde hacía cuatro días, Jesús, antes de volver a llamarlo a la
vida, le dice a su hermana Marta: «Si crees, verás la gloria de Dios» (Jn 11,
40). También vosotros, si creéis, si sabéis vivir y dar cada día testimonio de
vuestra fe, seréis un instrumento que ayudará a otros jóvenes como vosotros a
encontrar el sentido y la alegría de la vida, que nace del encuentro con Cristo.
6. Hacia la
Jornada Mundial de Madrid
Queridos amigos, os reitero la invitación a asistir a la Jornada Mundial de la
Juventud en Madrid. Con profunda alegría, os espero a cada uno personalmente.
Cristo quiere afianzaros en la fe por medio de la Iglesia. La elección de creer
en Cristo y de seguirle no es fácil. Se ve obstaculizada por nuestras
infidelidades personales y por muchas voces que nos sugieren vías más fáciles.
No os desaniméis, buscad más bien el apoyo de la comunidad cristiana, el apoyo
de la Iglesia. A lo largo de este año, preparaos intensamente para la cita de
Madrid con vuestros obispos, sacerdotes y responsables de la pastoral juvenil en
las diócesis, en las comunidades parroquiales, en las asociaciones y los
movimientos. La calidad de nuestro encuentro dependerá, sobre todo, de la
preparación espiritual, de la oración, de la escucha en común de la Palabra de
Dios y del apoyo recíproco.
Queridos jóvenes, la Iglesia cuenta con vosotros. Necesita vuestra fe viva,
vuestra caridad creativa y el dinamismo de vuestra esperanza. Vuestra presencia
renueva la Iglesia, la rejuvenece y le da un nuevo impulso. Por ello, las
Jornadas Mundiales de la Juventud son una gracia no sólo para vosotros, sino
para todo el Pueblo de Dios. La Iglesia en España se está preparando
intensamente para acogeros y vivir la experiencia gozosa de la fe. Agradezco a
las diócesis, las parroquias, los santuarios, las comunidades religiosas, las
asociaciones y los movimientos eclesiales, que están trabajando con generosidad
en la preparación de este evento. El Señor no dejará de bendecirles. Que la
Virgen María acompañe este camino de preparación. Ella, al anuncio del Ángel,
acogió con fe la Palabra de Dios; con fe consintió que la obra de Dios se
cumpliera en ella. Pronunciando su “fiat”, su “sí”, recibió el don de una
caridad inmensa, que la impulsó a entregarse enteramente a Dios. Que Ella
interceda por todos vosotros, para que en la próxima Jornada Mundial podáis
crecer en la fe y en el amor. Os aseguro mi recuerdo paterno en la oración y os
bendigo de corazón.
Vaticano, 6 de agosto de 2010, Fiesta de la Transfiguración del Señor.
BENEDICTUS PP. XVI