Al final del capítulo décimo del libro "Luz del
mundo", el Papa responde a dos preguntas sobre la lucha contra el sida y el
uso del preservativo, preguntas que se remontan a la discusión que siguió a
las palabras pronunciadas por el Papa sobre este tema en su viaje a África, en
2009.
El Papa confirma con claridad que en esa ocasión no había querido tomar
posición sobre el problema de los preservativos en general, sino que había
querido afirmar con fuerza que el problema del sida no se puede resolver
únicamente con la distribución de preservativos, pues es necesario hacer mucho
más: prevenir, educar, ayudar, aconsejar, estar junto a las personas, ya sea
para que no se enfermen, ya sea porque se han enfermado.
El Papa observa que también en el ámbito no eclesial se ha desarrollado una
conciencia análoga, como lo demuestra la llamada teoría "ABC" (abstinence, be
faithful, condom), en la que los dos primeros elementos (abstinencia y
fidelidad) son mucho más determinantes y fundamentales para la lucha contra el
sida, mientras que el preservativo se presenta en última instancia como una
escapatoria, cuando faltan los otros dos elementos. Por tanto, debe quedar
claro que el preservativo no es la solución del problema.
El Papa amplía después su mirada e insiste en el hecho de que concentrarse
únicamente en el preservativo significa banalizar la sexualidad, que pierde su
significado como expresión de amor entre personas y se convierte en una
"droga". Luchar contra la banalización de la sexualidad es "parte del gran
esfuerzo para que la sexualidad sea valorada positivamente y pueda ejercer su
efecto positivo en el ser humano en su totalidad".
A la luz de esta visión amplia y profunda de la sexualidad humana y de su
problemática actual, el Papa reafirma que "naturalmente la Iglesia no
considera los preservativos como la solución auténtica y moral" al problema
del sida.
De este modo, el Papa no reforma o cambia la enseñanza de la Iglesia, sino que
la reafirma, poniéndose en la perspectiva del valor y de la dignidad de la
sexualidad humana, como expresión de amor y responsabilidad.
Al mismo tiempo, el Papa considera una situación excepcional en la que el
ejercicio de la sexualidad representa un verdadero riesgo par la vida del
otro. En ese caso, el Papa no justifica moralmente el ejercicio desordenado de
la sexualidad, pero considera que la utilización del preservativo para
disminuir el peligro de contagio es "un primer acto de responsabilidad", "un
primer paso en el camino hacia una sexualidad más humana", en lugar de no
utilizarlo, poniendo en riesgo la vida de la otra persona. En este sentido, el
razonamiento del Papa no puede ser definido como un cambio revolucionario.
Numerosos teólogos moralistas y autorizadas personalidades eclesiásticas han
afirmado y afirman posiciones análogas; sin embargo, es verdad que no las
habíamos escuchado aún con tanta claridad de los labios de un Papa, si bien de
una manera coloquial y no magisterial.
Benedicto XVI nos da, por tanto, con valentía, una contribución importante
para aclarar y profundizar una cuestión debatida desde hace tiempo. Es una
contribución original, pues por una parte mantiene la fidelidad a los
principios morales y demuestra lucidez a la hora de rechazar un camino
ilusorio, como la "confianza en el preservativo"; por otra parte, manifiesta
sin embargo una visión comprensiva y de amplias miras, atenta para descubrir
los pequeños pasos --aunque sean sólo iniciales y todavía confusos-- de una
humanidad espiritual y culturalmente con frecuencia muy pobre hacia un
ejercicio más humano y responsable de la sexualidad.

