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NOTICIAS DE LA PARROQUIA |
28/diciembre/2010 - MENSAJE URBI ET ORBI
Navidad, 25 de diciembre de 2010
«Verbum
caro factum est» - «El Verbo se hizo carne» (Jn 1,14).
Queridos hermanos y hermanas que me escucháis en Roma y en el mundo entero, os
anuncio con gozo el mensaje de la Navidad: Dios se ha hecho hombre, ha venido a
habitar entre nosotros. Dios no está lejano: está cerca, más aún, es el
«Emmanuel», el Dios-con-nosotros. No es un desconocido: tiene un rostro, el de
Jesús.
Es un mensaje siempre nuevo, siempre sorprendente, porque supera nuestras más
audaces esperanzas. Especialmente porque no es sólo un anuncio: es un
acontecimiento, un suceso, que testigos fiables han visto, oído y tocado en la
persona de Jesús de Nazaret. Al estar con Él, observando lo que hace y
escuchando sus palabras, han reconocido en Jesús al Mesías; y, viéndolo
resucitado después de haber sido crucificado, han tenido la certeza de que Él,
verdadero hombre, era al mismo tiempo verdadero Dios, el Hijo unigénito venido
del Padre, lleno de gracia y de verdad (cf. Jn 1,14).
«El Verbo se hizo carne». Ante esta revelación, vuelve a surgir una vez más en
nosotros la pregunta: ¿Cómo es posible? El Verbo y la carne son realidades
opuestas; ¿cómo puede convertirse la Palabra eterna y omnipotente en un hombre
frágil y mortal? No hay más que una respuesta: el Amor. El que ama quiere
compartir con el amado, quiere estar unido a él, y la Sagrada Escritura nos
presenta precisamente la gran historia del amor de Dios por su pueblo, que
culmina en Jesucristo.
En realidad, Dios no cambia: es fiel a sí mismo. El que ha creado el mundo es el
mismo que ha llamado a Abraham y que ha revelado el propio Nombre a Moisés: Yo
soy el que soy… el Dios de Abraham, Isaac y Jacob… Dios misericordioso y
piadoso, rico en amor y fidelidad (cf. Ex 3,14-15; 34,6). Dios no cambia,
desde siempre y por siempre es Amor. Es en sí mismo comunión, unidad en la
Trinidad, y cada una de sus obras y palabras tienden a la comunión. La
encarnación es la cumbre de la creación. Cuando, por la voluntad del Padre y la
acción del Espíritu Santo, se formó en el regazo de María Jesús, Hijo de Dios
hecho hombre, la creación alcanzó su cima. El principio ordenador del universo,
el Logos, comenzó a existir en el mundo, en un tiempo y en un lugar.
«El Verbo se hizo carne». La luz de esta verdad se manifiesta a quien la acoge
con fe, porque es un misterio de amor. Sólo los que se abren al amor son
cubiertos por la luz de la Navidad. Así fue en la noche de Belén, y así también
es hoy. La encarnación del Hijo de Dios es un acontecimiento que ha ocurrido en
la historia, pero que al mismo tiempo la supera. En la noche del mundo se
enciende una nueva luz, que se deja ver por los ojos sencillos de la fe, del
corazón manso y humilde de quien espera al Salvador. Si la verdad fuera sólo una
fórmula matemática, en cierto sentido se impondría por sí misma. Pero si la
Verdad es Amor, pide la fe, el «sí» de nuestro corazón.
Y, en efecto, ¿qué busca nuestro corazón si no una Verdad que sea Amor? La busca
el niño, con sus preguntas tan desarmantes y estimulantes; la busca el joven,
necesitado de encontrar el sentido profundo de la propia vida; la busca el
hombre y la mujer en su madurez, para orientar y apoyar el compromiso en la
familia y en el trabajo; la busca la persona anciana, para dar cumplimiento a la
existencia terrenal.
«El Verbo se hizo carne». El anuncio de la Navidad es también luz para los
pueblos, para el camino conjunto de la humanidad. El «Emmanuel», el
Dios-con-nosotros, ha venido como Rey de justicia y de paz. Su Reino —lo
sabemos— no es de este mundo, sin embargo, es más importante que todos los
reinos de este mundo. Es como la levadura de la humanidad: si faltara,
desaparecería la fuerza que lleva adelante el verdadero desarrollo, el impulso a
colaborar por el bien común, al servicio desinteresado del prójimo, a la lucha
pacífica por la justicia. Creer en el Dios que ha querido compartir nuestra
historia es un constante estímulo a comprometerse en ella, incluso entre sus
contradicciones. Es motivo de esperanza para todos aquellos cuya dignidad es
ofendida y violada, porque Aquel que ha nacido en Belén ha venido a liberar al
hombre de la raíz de toda esclavitud.
Que la luz de la Navidad resplandezca de nuevo en aquella Tierra donde Jesús ha
nacido e inspire a israelitas y palestinos a buscar una convivencia justa y
pacífica. Que el anuncio consolador de la llegada del Emmanuel alivie el dolor y
conforte en las pruebas a las queridas comunidades cristianas en Irak y en todo
el Medio Oriente, dándoles aliento y esperanza para el futuro, y animando a los
responsables de las Naciones a una solidaridad efectiva para con ellas. Que se
haga esto también en favor de los que todavía sufren por las consecuencias del
terremoto devastador y la reciente epidemia de cólera en Haití. Y que tampoco se
olvide a los que en Colombia y en Venezuela, como también en Guatemala y Costa
Rica, han sido afectados por recientes calamidades naturales.
Que el nacimiento del Salvador abra perspectivas de paz duradera y de auténtico
progreso a las poblaciones de Somalia, de Darfur y Costa de Marfil; que promueva
la estabilidad política y social en Madagascar; que lleve seguridad y respeto de
los derechos humanos en Afganistán y Pakistán; que impulse el diálogo entre
Nicaragua y Costa Rica; que favorezca la reconciliación en la Península coreana.
Que la celebración del nacimiento del Redentor refuerce el espíritu de fe,
paciencia y fortaleza en los fieles de la Iglesia en la China continental, para
que no se desanimen por las limitaciones a su libertad de religión y conciencia
y, perseverando en la fidelidad a Cristo y a su Iglesia, mantengan viva la llama
de la esperanza. Que el amor del «Dios con nosotros» otorgue perseverancia a
todas las comunidades cristianas que sufren discriminación y persecución, e
inspire a los líderes políticos y religiosos a comprometerse por el pleno
respeto de la libertad religiosa de todos.
Queridos hermanos y hermanas, «el Verbo se hizo carne», ha venido a habitar
entre nosotros, es el Emmanuel, el Dios que se nos ha hecho cercano.
Contemplemos juntos este gran misterio de amor, dejémonos iluminar el corazón
por la luz que brilla en la gruta de Belén. ¡Feliz Navidad a todos!